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sábado, 1 de noviembre de 2014

Director de Orquesta - Películas sobre compositores dirigidas por Ken Russell

La música es la banda sonora del mundo, de los reyes derrocados y los bosques silenciosos, del amor, la muerte. La alquimia del sonido es facultad de hombres selectos, el compositor es una hoguera, un glorioso fuego consumido por su propia magnitud, tragedia del prodigio y el exceso. En el cine, el exceso, en sus muchos nombres, es Ken Russell. Su marca: hacer de la transgresión una virtud, exponer la verdad que denuncia la locura, y escupirla en la pantalla. Cada sinfonía son destellos de una historia que espera en la penumbra el reflector, la cámara que anime la tragedia de una vida prodigiosa.

La relación de Russell con la música fue larga y duradera. Se remonta a sus primeros años como director de cortos televisivos para la BBC de Londres. Entre 1959 y 1970 dirigió  una serie de documentales de arte sobre las luminarias de los siglos XIX y XX para los programas Monitor y Omnibus. Si bien contó grandes historias como la de Isidora Duncan o el pintor Dante Rosetti, su fascinación por los compositores y su obra se vio plasmada en un trabajo a la altura de sus personajes. La vida de Edward Elgar, el llamado Strauss inglés, fue el drama biográfico que lo estableció como un talento mayor en la escena cinematográfica mundial.

El corto llamado solo Elgar (1962) no sorprende por su extravagancia (rasgo de casi toda su obra posterior), sino por una estética visual y ritmo que marchan al compás y como las melodías del autor, marcadas de cándida nostalgia, pompa y desengaño. La narración, en tercera persona, cuenta la historia del compositor, que, de pronto, pasa a segundo plano cuando notamos que el protagonista no es él, sino su música. Y ella es la voz del mismo Elgar, su sentir humano, religioso, político y social durante cada etapa de su vida. Además de la técnica original, la exquisita fotografía revela la belleza del paisaje inglés que marcó cada obra del maestro.

Seguirían nuevos cortos sobre Bartok y Prokofiev. Luego, The Debussy Film (1965), quizá el más innovador y extraño de sus filmes tempranos. Con el francés empezaba la fascinación por los personajes trastornados. Oliver Reed encarna a Claude Debussy, compositor no reconocido, luego excelso, pero siempre holgazán y vividor. Transformar la música en imagen, interpretar y traducir. La misma técnica, ahora, con un matiz personal: la transgresión, la sugerencia mordaz. Amarrada a un poste, una mujer desnuda recibe las flechas de su ejecución, suena El Martirio de San Sebastián, comienza la cinta, y advierte que no se tratará de algo normal. Una película dentro de otra. Mágicamente, los actores empiezan a asumir la identidad de los personajes que representan. Dentro del set Debussy está vivo, los actores posesos de su historia.


En 1968, dirige Song of Summer, filme que aborda los últimos cinco años del compositor alemán Frederick Delius y su entonces amanuense, Eric Fenby, también músico. Estamos ante una película más formal, pero no por eso menos bella, un clásico instantáneo del documental dramatizado. La paradoja del artista vuelve por partida doble: Delius, genio consumido por una vida sórdida y cruel; Fenby, un talento atormentado en busca de un mentor. Esta vez, el desengaño y la muerte de filmes anteriores se oponen a una dura historia de esperanza y redención. La magia está en los personajes, en cómo un joven católico conservador, y un anciano lisiado y pesimista, se hermanan en el lenguaje superior de la música para crear la sinfonía final de una mente brillante.

El último documental de Russell para la televisión inglesa liberaría por fin una visión que había estado en la sombra demasiado tiempo. Dance of the Seven Veils (1970), sobre el alemán Richard Strauss, marca un punto sin retorno en la filmografía del director. Atrás quedaron las bucólicas ensoñaciones de Elgar y la sobria elegancia de Song of Summer. La sátira se apodera de cada fotograma, la carrera del compositor, de quien se dice (sin pruebas concretas) fue muy cercano a los nazis es ridiculizada sin piedad. Podemos deducir que el director no profesaba gran admiración por la filosofía del superhombre (rasgo de muchos antagonistas en su obra posterior), menos aún por los compositores de influencias wagnerianas que fueron la banda sonora del ascenso y caída del Tercer Reich. [Sp1] Justo o no, el mundo aún sentía el eco del holocausto.


Aunque en los créditos se anuncia como un “cómic de ficción”, no por eso la cinta dejó de causar revuelo. La secuencia de apertura lo dice todo: el Zaratustra de Nietzsche con el fondo musical del Zaratustra de Strauss, siendo poseído por una horda de monjas lujuriosas. Escenas después, el compositor se va de picnic con Hitler (se mandan besos volados), y termina dando un concierto en el que un judío es asesinado mientras él dirige una suerte de himno catártico nazi. El filme fue prohibido en varios países por los familiares de Strauss que reclamaron los derechos sobre sus composiciones. El veto continúa, la banda sonora con la que se emite hoy en día son versiones pop de las sinfonías de Johann Strauss, hijo.

El escándalo que desató Dance of the Seven Veils, marcó el fin del trabajo de Russell con la BBC y un alejamiento momentáneo de la televisión para volcarse al cine. Regresaría con otro maestro de la música: Piort Tchaikovsky. The Music Lovers (1970) demostró que de la locura a la belleza hay solo un paso, que la versatilidad y la sorpresa constituyen un estilo. La vida del autor del Cascanueces llegó como un drama épico que parecía salir de las páginas de una novela rusa. Sin embargo, ninguna película de Russell será tradicional. Alucinaciones y derrapes psicológicos ilustran la desventura de otro artista perturbado.

Como en las melodías de Tchaikovsky, las tomas se funden en imágenes hermosas y grotescas como violentas notas graves o delicadas armonías. En el documental quedó la biografía autorizada, los hechos reales son pocos esta vez y quienes no encuentren la vida del músico demasiado especial, hallarán en esta ficción un personaje fascinante. Las notables actuaciones de Richard Chamberlain en el papel principal y Glenda Jackson, su esposa, completan el magnífico trabajo en dirección, fotografía, vestuario y guión que hacen de este un filme de calidad superlativa, entre los mejores jamás hechos sobre un compositor.


Ese mismo año se estrena The Boyfriend, su primer musical de género, una adaptación de la obra homónima de Sandy Wilson que triunfó en los teatros de Londres y Broadway en 1955. Se trata de un tributo a las comedias musicales de los años treinta. Hilarante y encantadora es la definición de esta película, que pese a su largo aliento, no deja de asombrar por su excelente dirección de arte, reparto y sus cándidas pero bellísimas canciones. Se ha acusado al director de un abuso de espectacularidad en su obra, pero si el exceso encuentra lugar es aquí. Los colores deslumbrantes, al igual que las tomas y el montaje se unen para vestir un musical que no podría ser de otra manera. Una joya perdida, a veces subvalorada, a la que urge salvar del olvido.

Mahler sonaría en el cine cuatro años después. Otro alemán excepcional es tema de la última película de Russell en la que aún veremos un esquema ligado a la cordura. Parcialmente histórica, psicológica y onírica, es  ejemplo de cómo un drama puede conjugar sátira y tragedia sin perder el equilibrio. Mahler, es el compositor en el diván a través de sus relaciones íntimas y sociales que dan forma a su música y destino. Largas tomas que abundan en detalles reflejan que la inspiración del maestro viene de lo natural, de la belleza del amor y de la muerte.

En el proceso creativo, en la contemplación del paisaje o de sus hijas, es donde el autor encuentra paz, el sosiego de abstraerse del mundo real. En los sueños viene la tormenta, el precio de la fama ha sido la traición a su religión, a sí mismo y a su matrimonio. Contra él ningún castigo será suficiente y Russell tiene mil maneras de mostrarlo, cada una más divertida y terrible que la anterior. Mahler vive con el enemigo, se ha forzado a amarlo para alcanzar el éxito y darse cuenta que en el camino lo ha perdido todo. Un compositor judío en amores con la viuda antisemita de Wagner, una cruel ironía de la vida real con la que el director hace lo que sabe hacer: surrealismo de primer nivel, profundo, entretenido y doloroso.


Cuándo se estrenó Tommy (1975) el pop había alcanzado niveles máximos de penetración en todos los ámbitos sociales, culturales y por supuesto en la música. En 1969 la banda británica The Who había lanzado la primera ópera rock: Tommy, un controvertido álbum que exponía la frivolidad de las relaciones humanas en la nueva religión mundial del consumismo. La historia estaba escrita, solo había un director capaz de traducir con fidelidad su concepto en imágenes. La película no levantó menos polémica que el álbum. Salvaje y retorcida, la belleza de Tommy está en la sinceridad de su locura, en la exageración de las vergüenzas que revela sin piedad. Si bien el argumento es fiel al disco de la banda, la cinta es Ken Russell en su máxima expresión: un viaje de magníficos excesos.

Oliver Reed y Roger Daltrey (vocalista de The Who), actores recurrentes del director se encuentran para brindar dos interpretaciones brillantes. Se suman Jack Nicholson (al que oiremos cantar) y Ann-Margret, nominada al Oscar ese año como mejor actriz. Eric Clapton, Elton John, Tina Turner y los miembros de The Who completan un reparto que no tiene pierde.  La cinta aborda el eterno conflicto de la libertad y su falsa realización a través del placer. La superficialidad de todo cuanto existe en la cultura pop ha anulado a Tommy (Daltrey) en todos los sentidos, que al refugiarse en si mismo descubre que la libertad es una condición y no un objetivo que se logra con dinero. Toda su experiencia se narra en imágenes cándidas, a veces dulces y grotescas, mientras él, frágil, asimila impávido la decadencia. No hay nada que ocultar, Russell no matiza el desamparo y la violencia emocional, aun así entretiene, nos divierte cuando deberíamos sufrir las desdichas de los personajes, parece decir que todo es una broma, quizá como la vida misma.


Ese mismo año dirige Liztomania, sobre la aparición del pop en el siglo XIX. Daltrey encarna a Franz Liszt, virtuoso compositor con fama de Don Juan, víctima de un ego acorde a su leyenda. La Lisztomania fue acuñada por el filósofo alemán Heinrich Heine para referirse a la euforia que causaban los conciertos del pianista en la Europa de 1840. Para demostrar que hemos cambiado muy poco el director convierte la música clásica en rock y a Liszt en una estrella mundial. El concepto es similar al de Tommy. No hemos mejorado como sociedad, la tragedia solo se ha movido de escenario. Nuestro Villano es Wagner, un vampiro (literal y alegórico), que persigue el ideal del superhombre. A través de Liszt, Russell se burla de la grandilocuencia de la música del alemán. Sin embargo, al subestimarlo la malentendida filosofía de Nietszche da origen al fascismo con Wagner a la cabeza, ahora reencarnado como El Führer. Un filme original que destaca por su extravagante crítica social y bizarro entretenimiento. 

El último proyecto musical de Ken Russell fue Aria (1987). Robert Altman, Jean-LucGodard, Bruce Beresford, entre otros, fueron invitados para adaptar un aria de ópera de su elección con total libertad de estilo. Destacan los trabajos de dichos directores y por supuesto el Nessun Dorma de Puccini, que Russell recrea maravillosamente en la lucha de una mujer por sobrevivir al  quirófano tras perder la consciencia en un accidente de auto. El corto lírico es una sucesión de metáforas visuales durante la anestesia de la operación que trata de salvar a la muchacha, para quien dormir significa la muerte. Las diez arias de la cinta entregan emociones diferentes, unidas por la intensidad de la ópera en toda su dimensión dramática y fatal. La última película no siempre es el final, la pasión de Russell por la música vivirá cada vez que la imagen se convierta en sinfonía.

lunes, 27 de octubre de 2014

Star Trek, Into Darkness


Esta no es una película para los incondicionales de Star Trek, quienes tenían por héroes a William Shatner y Leonard Nimoy explorando nuevos mundos allá por los ochenta, pueden celebrar que su clásica saga favorita quedará intocable en la historia. Es otro el Enterprise que dirige J.J. Abrams, una nueva nave con los mismos personajes pero diferentes, y el enorme mérito de sentirse originales a pesar de llevar nombres que llegaron más allá antes que ellos. Star Trek no revive, se transforma, y este acierto del director renueva la vigencia de un emblema de la ciencia ficción que estaba cayendo en el olvido. Abrams lo está logrando sin repetir la vieja fórmula pero con los mismos ingredientes. Suena difícil, lo es, y funciona.

La nueva saga que empezó con Star Trek – The Future Begins (2009), recoge la juventud de los personajes en una línea de tiempo paralela, el enlace con la historia principal no por simple es menos brillante, y se deshace de la etiqueta de “precuela” con facilidad. Into Darkness parte de un sólido guion, el de Wrath of Kahn (1982), con todas las licencias del caso, desligándose del remake pero rescatando a uno de los más temibles enemigos del capitán Kirk y compañía. Tanto en argumento y personajes, el dinamismo es la diferencia sustancial entre ambas sagas, si bien las películas de Abrams no dan descanso a los sentidos, tampoco abandonan el componente filosófico, moral y humano que es el núcleo de Star Trek.

Del argumento se puede decir que es por momentos predecible, pero jamás los personajes. Ante cada situación inesperada, la lógica del Primer Oficial Spock (Zachary Quinto) y la intuición del Capitán Kirk (Chris Pine) se enfrentan y combinan para dar con la decisión más inteligente. La tripulación también es vital en este juego, cada uno representa las diferentes áreas del gran cerebro que es el Enterprise, nadie es prescindible en el sistema de la razón. En contraposición, el villano Khan, encarna la autosuficiencia del superhombre y su limitación en cuanto a objetivos que le exceden, donde es necesaria la cooperación y los valores morales que la sustentan. La dirección, ritmo, efectos, música, y el primer nivel de las actuaciones completan esta película que se inscribe entre los clásicos del nuevo cine de ciencia ficción del siglo XXI.

En la escala Kardashev de avance tecnológico, el universo de Star Trek se ubica en el Tipo II, una civilización capaz de obtener energía de múltiples sistemas solares, y, aunque virtualmente inextinguible, aún sometida a lo impredecible de las decisiones humanas. Esta vez, la búsqueda de nuevos mundos se convierte en una excusa para probar que el hombre sigue siendo su propio némesis ahí donde la razón pierde el equilibrio entre la fría lógica y la moral.



domingo, 26 de octubre de 2014

Uncle Boonme who can recall his past lives - Apichatpong Weerasethakul

Eterno retorno, una sensación de fértil desamparo embarga al espectador. Acaba de ver una película incómoda como un abrazo materno de ultratumba, familiar y lejano pero desde lo profundo del ser. Loong Boonmee raleuk chat (2010), escapa a los criterios técnicos de clasificación: no es un documental, es lo más certero que se puede decir, más allá de eso es una visión sobre la condición humana. Cercana al realismo mágico en la forma, y de fondo mitológica, social, metafísica, política y además sobre el eterno debate del hombre entre la muerte y la transformación. Esto sería suficiente para obtener la Palma de Oro en Cannes que ganó el año de su estreno, pero hay más.

El soberbio despliegue de arte, quietud y movimiento se asemeja al escenario previo de la muerte, que no es una agonía convulsa, sino un tránsito de epifanías hacia el retorno del no ser. El tío Boonme está muriendo y con él cambia todo aquello de lo que es parte, la ilusión que es el mundo humano se va desmoronando: el dualismo entre el bien y el mal, las barreras físicas de idioma, nacionalidad u opción política, todo parece insignificante ante el llamado de algo primigenio que reduce los laberintos de la existencia hacia las verdades elementales. Todo en el marco simbólico de la mitología tailandesa, en la que no es necesario ser entendido, porque toda mitología es hermana de origen.

La modernidad está construida sobre los mundos del pasado, y todas las cosas se deben a sus formas anteriores, el hombre no es la excepción. De esta manera el tío Boonme va recordando lo que fue en vidas pasadas, bien como reencarnación, delirio antes de la muerte en base a su imaginario psico-geográfico, o como la serie de eventos biológicos que llevaron a él, y a la que regresa consciente de ser parte del ciclo de renovación de la vida. De esto hablan los símbolos, pero también los personajes con perpleja naturalidad, y es que de alguna manera recuerdan lo que ya sabían con certeza, más aún en el ambiente rural de Tailandia, que es inevitable evocador de los sentidos y verdades primigenias.

La carencia de narrativa lineal y banda sonora sirve a la evocación terrenal y mística de la película. La música son los grillos y el crepitar de las bombillas en la noche; como la realidad es continua solo hasta donde alcanzan los sentidos. La estructura poética además regala bellas y elegantes escenas como la de aquel pez gato haciéndole el amor a una princesa desfigurada en el arroyo. Finalmente, las vidas pasadas de Boonme, sus sueños y lo real, se confunden al descubrir que son el único lenguaje para expresar la condición humana y la transformación, como lo hiciera 2001: odisea en el espacio, o El Árbol de la Vida, pero desde la percepción oriental. “Es como un vientre, aquí nací, no sé si como hombre, mujer o animal”, murmura Boonme en su lecho de muerte, quizá mientras recuerda a su esposa fantasma decir “El cielo está sobrevalorado, no hay nada ahí”.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Avengers


Avengers fue la sorpresa más grande del cine comercial de la última década, un proyecto tan ambicioso que muchos pensaron estaría condenado al fracaso. No fue así. Con la última producción de Marvel las películas de superhéroes se consolidan como un nuevo género. Era necesario un cambio de concepto que no solo percibiera a las adaptaciones de cómics como historias para hacer dinero, sino como un arte que pudiera ser llevado al cine para ofrecer más que entretenimiento, calidad y dimensión artística.

Las grandes productoras de superhéroes, Marvel y DC, han comprendido al fin una idea elemental: recursos, un guión inteligente y una buena dirección se imponen a la fórmula tradicional del blockbuster musculoso y sin cerebro. Avengers reúne todas esas cualidades, además de otra primordial cuando se trata de adaptaciones literarias: fidelidad en los personajes, pasarlos del papel a la tercera dimensión sin deformarlos para hacer que la cinta encaje en los esquemas de ventas de asesores publicitarios. Y es que las películas sobre historietas no exigen demasiado al cine, todo está en las viñetas, desde el guión, argumento, hasta las tomas y escenas, solo se requiere la habilidad de un equipo capaz de trasladar ese universo a la pantalla grande sin destruirlo en el intento.

No se puede pensar en Avengers como un blockbuster más del montón como no se puede comparar al Señor de los Anillos con Transformers. Existe una diferencia fundamental de enfoque y objetivos, pensemos en Battleship (Batalla Naval) o John Carter, ambos estrenos comerciales de verano que debían arrasar taquilla y que sin embargo fueron rotundos fracasos. La diferencia está en la concepción, desde la selección del director, guionista, reparto y los detalles hasta el respeto por el proyecto que se tiene entre manos. El mejor cine no es el que sugiere al espectador comprar un producto sino apreciar una idea, esa es la diferencia fundamental entre un estreno taquillero de tantos y las películas dignas de admiración, que por sus cualidades capturan a todos los públicos y claro, se convierten en blockbusters millonarios.

Es la primera película en la historia que reúne a protagonistas y reparto de sagas individuales, una idea que por temeraria no era esperada con optimismo. Grande fue la sorpresa cuando se hizo evidente que había que rendirse ante lo que resultó una gran película, un clásico instantáneo que recuerda a los asistentes de todas las salas del mundo que para reír, emocionarse y amar el cine, no es necesario ser un erudito del cine independiente o un devorador de producciones millonarias. Por supuesto, tampoco se trata de canonizar una película, que por momentos peca de ingenua o que por exceso de comedia a veces merma el dramatismo restando intensidad, lejos de aquellos defectos Avengers funciona como un reloj.

El destino de Los Vengadores y el éxito de su misión recayó en Joss Whedon, director más conocido por su trabajo en televisión para series como Buffy the Vampire Slayer, Angel o Firefly, producciones quizá no muy brillantes, pero que en su momento regalaron un entretenimiento legítimo que suplía las deficiencias argumentales. En Serenity (2005) su experiencia en la pantalla chica se consolidó en un thriller de ciencia ficción emocional e inteligente, que a fuerza de efectivos ganchos de argumento y acción logra involucrar al espectador en la aventura. Una opera prima en la que Marvel encontró al director con la capacidad de dominar las fuerzas colosales de un proyecto sin precedentes.

Whedon es un maestro de los tiempos y el ritmo narrativo, conoce la dinámica de la acción, sabe que más allá de las tomas veloces una pelea no se resuelve en una edición de picadillo. No solo es la técnica en las escenas de acción milimétricamente elaboradas la que mantiene al espectador en su butaca durante más de dos horas sin siquiera notarlo, es el momento: el uso del ritmo y el tiempo que conecta épicas escenas de batalla con situaciones de intriga, tensión y humor. A esto se suma el fantástico guión gracias a Whedon y su co-guionista Zack Penn (The Incredible Hulk, X-Men II).

Es gracias a esos diálogos que el universo de los vengadores cobra vida y se hace creíble al transcurrir del metraje. Es como si ambos escritores hubieran leído y respirado historietas durante años y luego no pudieran hacer nada más que plasmar en el guión toda esa experiencia. De hecho, Whedon es un confeso coleccionista y lector de cómics que ya venía trabajando con Marvel en algunas películas animadas y guiones de videojuegos. En el argumento (tomado de las páginas de la primera saga de Avengers, con algunos ajustes de personajes), los diálogos constituyen la estructura que sostiene una historia más bien simple, que toma forma y adquiere una dimensión más profunda en las palabras de sus protagonistas y cómo se relacionan.

En lo estético Avengers es infalible, desde montaje y vestuario hasta los efectos especiales que evidencian equilibrio entre espectacularidad y mesura cuando se trata de impresionar; queremos ver escenas grandiosas, claro, pero sin sufrir epilepsia por confusión visual en el intento. Más importante aún, la edición: al fin podemos ver escenas donde los actores golpean, se cubren, contraatacan, etc. y apreciar sus movimientos, ver qué ocurre en las tomas y no solo imaginar que está sucediendo detrás de esas imágenes confusas, como suele pasar con las tomas de tres segundos a las que nos tienen acostumbrados las últimas películas de acción.

La fuerza de Los Vengadores está en sus personajes, en sus guerreros, pero también en sus enemigos, era necesario un antagonista calificado para superar a los héroes en un campo más allá de la fuerza. Loki, interpretado por Tom Hiddleston (Thor, Warhorse), regala una malignidad entrañable, el Dios timador de la mitología nórdica, hace del engaño un arte capaz de reducir con solo palabras a cinco superhombres y un ejército de agentes especiales. A pesar de su divinidad, Loki tiene una condición que lo humaniza, los delirios de grandeza, venganza, y su fracaso final hacen imposible odiarlo, su maldad es el reflejo de la caricatura que a veces somos todos los humanos.

Tal villano no podía dejar de tener justicieros a su altura. Los Vengadores son: Iron Man (Robert Downey Jr.), Capitán América (Chris Evans), Hulk (Mark Ruffalo), Thor (Chris Hemsworth), Black Widow (Scarlett Johansson) y Hawkeye (Jeremy Renner). Cada actuación superó a cualquiera vista en las sagas individuales de los personajes, y es que no se trata solo de la calidad interpretativa, el éxito de Avengers debe mucho a la psicología de los héroes del cómic original. Su creador, Stan lee, se llevó los primeros créditos de esta película hace más de 40 años.

La gran sorpresa fue el nuevo Hulk de Mark Ruffalo (Shutter Island, Zodiac),  el gigante verde al fin encontró alguien que cupiera en sus zapatos. Su furia destructiva es responsable de los momentos más intensos y graciosos de la cinta, la voz de Hulk corre por cuenta de Lou Ferrigno, quien interpretara al irascible sujeto radiactivo en la serie de los 80 y en todas adaptaciones posteriores de Hulk. La decepción: la escasa profundidad Hawkeye, que pese a la buena actuación de Renner, quedó como un añadido superficial, lo mismo pasó (en menor grado) con Black Widow, no disculpamos el desacierto, pero quizá más de tres horas habría sido demasiado.

Hay que destacar el trabajo de Chris Evans, que tras su lamentable actuación como la antorcha humana en los 4 Fantásticos I y II, se redime con un Capitán América que no decepciona, menos cándido, más sólido, con los rasgos del líder que debería ser, mejor que en su propia cinta, aunque puede dar mucho más. El Iron Man de Robert Downey Jr. supera las expectativas de una buena actuación para robarse la pantalla como el mejor de los Avengers, su carisma y humor no tienen pierde. Thor, alejado del matiz ingenuo de su primer filme, se presenta más curtido, Hemsworth da al Dios del trueno el peso y el carácter que le hacían falta. Black Widow y Hawkeye completan el equipo con actuaciones a la altura de sus pares.

Samuel L. Jackson, como Nick Fury, jefe de Shield (Organismo internacional de defensa) completa el reparto de estrellas de la cinta. Los Vengadores se ha posicionado como la película de superhéroes con más recaudación de todos los tiempos, superando a Batman: The Dark Knight Rises; ambas entre los mejores estrenos de la cartelera comercial del 2012. En resumen, estamos frente a una película infalible que podría dar inicio a una de las sagas más memorables del cine. Por lo pronto Avengers II ya es un hecho, su director ha prometido una secuela más dramática y oscura para el 2017. 

Iron Man vs Thor vs Captain America


The Avengers II: Age of Ultron - Trailer


Publicado en revista Godard!

sábado, 18 de octubre de 2014

Las puertas de la percepción


-If the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is, infinite- (Si las puertas de la percepción fueran abiertas, todo aparecería ante el hombre tal y como es, infinito) con esta frase de William Blake, Jim Morrison dio vida a The Doors una tarde de verano de 1965. El grupo, como todo lo bueno duró poco, pero lo suficiente para consagrarse como una de las bandas más místicas y poderosas de la historia del rock. En 1971, su líder y vocalista, Jim Morrison, cruzó las puertas de la percepción, pero su voz quedó del otro lado del umbral, y aun nos rodea como la magia galopante que deja el alma de los poetas muertos. –Soy el Rey Lagarto, puedo hacerlo todo- dijo él, y en efecto hizo música, cine y poesía. El cine lo adoptó a él y a los Doors, el poder de la música vive también en las imágenes, en el celuloide de los sueños salvajes.

Cuando William Blake escribió El matrimonio entre el cielo y el infierno a finales del siglo XVIII, percibía ya la realidad física como el producto de los filtros naturales que la evolución, a través de los sentidos, otorgaba al hombre para asegurar su cordura y el desarrollo de la razón; había que simplificar las variables de un mundo, cuya ecuación era infinita. Casi doscientos años después Aldous Huxley escribía Las puertas de la percepción, donde narraba sus experiencias con la mezcalina,  sustancia activa del peyote. De estos autores se embebió Jim Morrison para dar vida a una banda que abriría las puertas de la percepción, The Doors, más que una puerta, un símbolo, un umbral siempre abierto que se cruza, si te atreves.

Hace cuarenta años que la voz de Morrison viaja infinita, por el espacio y en la radio, en el silencio y en la quietud de la muerte que a tantos inquieta, allí flota su voz, viva y sonora cuando nos abandonan los sentidos, más suave y fuerte en las fronteras del sueño, más allá de aquellas puertas viaja eterna hacia otras puertas más profundas. Fiel a las profecías murió a los veintisiete años, como Jimi Hendrix, Brian Jones y Janis Joplin; un tardío miembro del mismo club, diría –es mejor arder en un instante que apagarse lentamente- Kurt Cobain también murió a los veintisiete. El destino siempre ha sido caprichoso con la música, Morrison nació un ocho de diciembre, fecha desde la que imaginamos un mundo sin John Lennon. De estar vivo, diría que Dios es un humorista refinado de chistes encurtidos.

Si Jim Morrison no  hubiera nacido vocalista de una banda de rock, hubiera sido director de cine. Estudió cinematografía en la Universidad de California (UCLA), no en la misma clase, pero si en el mismo tiempo en que Coppola seguía ahí la misma carrera. Morrison terminó el curso, pero no asistió a su graduación, para ese entonces había perdido total interés por la industria cinematográfica. Me aventuro a decir que hubiera sido un autor difícil, artista de la imagen, poeta de lo prohibido. Prefirió dirigir sus propias películas en la imaginación, a través de una poesía muy visual, simbólica; en los desiertos tormentosos de la mente encontró un estudio de paredes como inacabables llanuras, donde por cámara tenía los ojos de un ave que todo lo ve, y como director el alma ancestral de un chamán reencarnado.



Pastoral Americana

Después del concierto de Miami en 1969, casi en el ocaso de los Doors y con un juicio encima por exposición indecente, entre otros cargos, Morrison decide regresar al cine. Escribe el guión de HWY (highway) American Pastoral, película basada en sus propias experiencias como viajero autoestopista, en la que asumirá el rol principal. Paul Ferrara, fotógrafo oficial de la banda y amigo íntimo  sería el director. El guión que no ha de superar las tres caras está marcado por los símbolos recurrentes en la poesía de Morrison: indios, arena, coyotes y asesinos, desolación. Es la historia de un hombre perdido en el desierto, perturbado, pero no visiblemente, sino por dentro, como un can salvaje, viejo, solitario, herido y loco.

La película podría resultar inquietante para algunos, pero familiar para los que conocen a Jim Morrison. Es un hitchhiker (autoestopista) de largos cabellos y barba, su apariencia y el desierto abrasador del Mojave, evocan a El Topo de Alejandro Jodorowski. El filme transcurre entre largos silencios, de hecho el único personaje parlante es el protagonista, y que no se entienda parlante como muy hablador, sino como que tiene la capacidad de hablar y la usa solo cuando es necesario, unos tres o cuatro diálogos, no más. La banda sonora no escapa al exilio de lo convencional: ritmos tribales, sinfonías del blues al piano, flamenco, Sinatra, Beethoven, y aullidos de animales, mucho ambiental. Si bien Ferrara dirige la cinta, Jim Morrison se interpreta a él mismo y su personalidad abarca todos los aspectos del film.

La dirección se caracteriza por larguísimas tomas abiertas, del desierto, los vecindarios de la costa este, la autopista, la ciudad. El hitchhiker se convertirá en un asesino de carretera, para finalmente confesar su crimen por teléfono a un desconocido (el poeta Michael McClure) –it`s not big deal- dice, y se pierde en la luz artificial de la ciudad, entre las sombras de la noche. Es un mensaje desolador, nihilista y real. Morrison interpreta no a un personaje, sino a una bestia antigua y solitaria, que en todos los hombres habita en los rincones de locura, que acecha en la oscuridad del pensamiento de los más iluminados.

Cierto es que la apreciación es subjetiva, pero el valor de American Pastoral va más allá de la interpretación. Se trata de una película independiente, de las primeras de su género, incluso anterior a Easy Rider (Buscando mi Destino). También es experimental, marcada por las nuevas corrientes del cine europeo, casi una película de autor (Morrison era admirador de Godard, Antonioni, entre otros) y filmada durante la decadencia de los grandes estudios de Hollywood.

Aunque fue exhibida en Cannes (1969) pasó desapercibida, quizá por su apuesta demasiado arriesgada. Hoy solo quedan tres copias oficiales de esta cinta, una en posesión de la familia de Pamela Courson, novia de Jim, otra que pertenece a Paul Ferrara, y una última en manos de Ray Manzarek, tecladista de The Doors. Manzarek la ha prestado para exhibición en repetidas ocasiones, la última de ellas en 2001, en homenaje a los treinta años de la muerte de Jim. En 2009 prestó la cinta al director Tom DiCillo para la producción del documental sobre los Doors When You`re Strange. Actualmente es difícil conseguir un original, sin embargo en internet circula una copia de escasa calidad, que no desmerece la cinta y que por su rareza se ha convertido en un objeto de culto en el mundo virtual. American Pastoral fue único largometraje de Morrison en vida. Paul Ferrara se dedicaría a editar documentales con material de archivo de los Doors, como Feast of Friends (1970), Dance on Fire (1985) y The Soft Parade (1991), no volvió a dirigir una ficción, pero tampoco se alejó del cine; trabajó con Jim jarmuch en Down by Law y con Henry Jaglom en Venice Venice, en ambas como asistente de fotografía.


La película del mito

Veinte años después de la muerte de Jim, Oliver Stone se encargó de revivir la leyenda de la banda en 1991. The Doors fue un ambicioso proyecto, muy personal, que venía preparando con anterioridad. Val Kilmer ganó el papel en 1986, cuando memorizó las letras de varias canciones de los Doors y las interpretó en una audición que, por su calidad y similitud con la voz original, dejaría impresionado al director. El hombre de Platoon (Pelotón) había encontrado al gemelo perdido de Morrison. Sin Kilmer la cinta no hubiera sido lo que es, dado que el actor también profesaba una gran admiración por el músico y poeta americano, al igual que Stone. Ambos lograron más que una química, la mística que exigía un proyecto sobre una banda rebelde y trasgresora.

Si bien el filme podría entenderse casi como un documental acerca de la banda, es más bien una biografía de Jim Morrison, donde su juventud y su muerte marcan el inicio y el fin. La cinta aborda los momentos claves de la historia de The Doors, desde los ensayos en la casa de playa alquilada por Manzarek, la composición de Light my Fire (escena que según Robbie Krieger, guitarrista del grupo, es bastante fiel al hecho), los primeros conciertos en el London Fog y el Whisky a Go Go, el éxito comercial, los grandes conciertos y las tensiones generadas por la conducta violenta y libertina de Morrison, que en aquellos tiempos de crisis se definiría a sí mismo como –un ídolo de barro, una broma de los dioses-.

La cinta es un tour de force, que aborda los temas de la psicodelia, la experimentación con las drogas como el peyote, los ácidos, la cocaína y el alcohol; el desenfreno sexual, la rebeldía, el existencialismo, el aislamiento y la autodestrucción. Es la fotografía de una época, de los excesos de la banda y principalmente de su vocalista. Es imposible, sin embargo, no percibir una cierta falta de profundidad en el papel de Morrison, de la que no podemos culpar a Kilmer, pero que podría atribuirse a un guión que si bien es bueno, pudo ser mejor. La dimensión de Morrison como un ser atormentado y poeta incomprendido queda eclipsada por su alterego “Jimbo”, impredecible y perturbado; la profundidad que podemos observar en su poesía se pierde ante un guión algo pretencioso; que se justifica si entendemos la película no como el retrato de Jim Morrison, el hombre, sino como la estrella de rock.

El mismo Ray Manzarek, quien fuera convocado por Stone para participar en la película, se mostró inconforme con el guión y declinó la invitación. Robbie Krieger y John Densmore (baterista) aceptaron asistir al director como consejeros técnicos. Ambos, al igual que Manzarek, renegarían más tarde de la fidelidad de la película. La cinta no puede entenderse como una biografía real de The Doors, sino como una ficción del mito. Que como pieza cinematográfica es bastante buena, de hecho una de las mejores de Stone, y sin duda la mejor actuación de Val Kilmer (que además interpretó todas las canciones), sin embargo para los entendidos de los Doors, si bien conmueve y emociona, no hace justicia a la banda real, a su significado y trascendencia.

La primera parte del film logra  introducirnos con claridad al Morrison intelectual, lírico y salvaje, que busca explorar la espiritualidad por medio de la introspección en sus viajes lisérgicos y las sesiones de peyote. Sin embargo el tipo perspicaz, simpático y profundo se ve convertido demasiado pronto en un sociópata desenfrenado, víctima de las drogas y el alcohol; Jim Morrison, el artista, es reemplazado por Jimbo, el ebrio peligroso. La desnaturalización del personaje se presenta demasiado pronto, de manera brutal  y exagerada. En una entrevista Manzarek diría –Jim con una botella todo el tiempo, eso es ridículo…no era sobre Jim Morrison, era sobre Jimbo Morrison, el ebrio. ¿Dónde estaba el poeta sensible y gracioso?, el amigo que conocí no era el que aparecía en la pantalla-. Krieger comentó que se habían dejado muchas cosas fuera, pero que en resumen la película estaba bien dirigida. Densmore, en su libro The Doors, señala que Stone le hizo mucho daño a Morrison, el poeta, y que más de la tercera parte no correspondía con la realidad. No obstante, pese a las imprecisiones históricas, se trata de una buena película que, es cierto, no dejará una sonrisa en los fieles más devotos de los Doors, pero que como pieza cinematográfica es admirable en casi toda su extensión.


Fiel a la historia

El formato para hacer una película sobre The Doors era el documental, Tom DiCillo, conocido por películas cómo Living in Oblivion (1995) y Delirious (2006), presentó en el festival de Sundance 2009, When You`re Strange, en veinte años como director de ficción, su primer documental era aclamado por la crítica. No es para menos, se trata de la película definitiva de The Doors, que además reivindica y humaniza al Morrison del mito de Oliver Stone. En la producción estuvieron involucrados los miembros vivos de la banda, además de Paul Ferrara, quien cedió a DiCillo material de archivo de American Pastoral y del corto Dionysus, trabajo universitario que filmó con Jim durante sus estudios en la Universidad de California.

La narración debía estar a la altura. Jhonny Depp, que ha confesado pasión por los Doors, nos cuenta la historia de la banda que ama; además de autenticidad, hay emoción y sentimiento. El trabajo de edición, por otro lado, parece cortado por la pluma de la poesía, la acertada selección de imágenes y su rítmica cadencia nos lleva al pasado a través de los senderos de la música, y aquella realidad parece convertirse en un recuerdo.

Desde el comienzo se percibe una película de calidad, basta con ver la primera toma de aquel sujeto de cabello largo y frondosa barba conduciendo un Mustang GT500 a través del desierto del Mojave, para darse cuenta de que uno está por presenciar un filme de alto calibre. La secuencia es del American Pastoral, Morrison maneja un muscle car, cabello al viento, con una mano en el volante y la otra en una lata de cerveza que raudo se termina; de pronto la radio cromada de aquella hermosa máquina azul empieza a narrar el reporte original de la muerte del piloto –Goodbye Jim, we`ll miss you-, un collage de imágenes de los Doors, al compás de un crescendo como el de A Day in the Life nos introduce de lleno en la cinta, Jhonny Depp empieza a narrar el brillante guión.

Hijo de un comandante de marina, a los dieciséis James Douglas Morrison ya había leído a Nietzsche, Baudelaire, Rimbaud y Blake. La adolescencia es narrada con imágenes prestadas del archivo familiar. Su obsesción por Elvis despierta el gusto por la música y ya empieza a perfilarse como un artista transgresor, pero lo suyo es la poesía. When You`re Strange no solo es la vida del cantante de los Doors, pretende abordar a la banda en su conjunto. DiCillo hurga en la juventud de Ray Manzarek, un organista de cámara con preferencias por el jazz y el rhythm and blues, que estudiaba cine en la misma clase que Morrison. Juntos forman The Doors. Ray convence Robbie Krieger, que tocaba flamenco, de unirse al proyecto y este a Jhon densmore, percusionista experto en jazz contemporáneo. Era la fórmula del éxito, la técnica, el talento, el contexto y un compositor de canciones que más que un chamán, era un poeta.

Material inédito de la banda acompaña los triunfos y las crisis, el frenesí del sexo, las drogas y el alcohol, pero más que eso el director profundiza no en el Morrison de los excesos, sino en la psicología del escritor atormentado y desafiante, en el lado oscuro de un intelectual que aborrece la fama, pero que se ve embriagado por la exposición. Expone al artista enamorado de la soledad, que siente latir las heridas del mundo y que vive la celebridad como un burdo teatro, como una broma del destino que estoicamente ha de soportar. Morrison no se ve como un cantante, describe su voz como -los gritos de un enfermo-. Lo cierto es que pese al despliegue de energía y su afilado carisma, siente el temor de cruzar la delgada línea entre la autenticidad y el circo.

Vemos a un Morrison jovial, bailando con niños, sonriendo a las chicas con inmoral inocencia. La leyenda del autodestructivo dios del rock`n roll queda desmitificada por algo más noble: la realidad del hombre sensible que ama demasiado un mundo que no se puede amar. -Peligroso e inteligente, inocente y profano- ese es Jim Morrison con todos sus egos, como el Rey Lagarto, Jimbo o Mr. Mojo Risin. When You`re Strange tiene el halo que tienen las canciones de The Doors, místicas, universales, inmorales, profundas y bellas. Son la armonía de un caos nacido de un monstruo ancestral que consume conciencias y devora poderes, que viaja entre las puertas de la percepción mordiéndose la cola, es el dios-reptil de la conciencia creadora. 

El concierto de Miami de 1969 fue el principio del fin, los cargos por masturbación simulada, ebriedad pública, blasfemia y exhibicionismo significaron para Morrison el último ataque del sistema con el que tendría que lidiar. Si bien el problema judicial no fue determinante para que Jim se distancie de los Doors, de algún modo fue razón suficiente para decidir su alejamiento de la exposición mediática. En 1971 edita su antología poética American Prayer y ese mismo año aun con el juicio pendiente, viaja con su novia Pamela Courson a Paris donde se dedica a dar largos paseos, a la soledad y la poesía. 

Esta parte final de la vida de Morrison es un logro mayor del documental, un montaje sencillo pero de melancolía apabullante nos lleva hacia el final –una noche después de haber bebido, Jim dice que no se encuentra bien-se da un baño-. Después de llamar a Pam -¿Estás ahí todavía?-Muere en la bañera. Dijo alguna vez –un amigo es alguien que te da total libertad para ser tu mismo- al contrario del amor, la amistad trasciende las fronteras de la muerte, la libertad se extiende más allá de puertas infinitas. Cuarenta años después Jim Morrison fue encontrado inocente de todos los cargos.


Morrison, poeta


Ghost Song

Awake.
shake dreams from your hair
my pretty child, my sweet one.
choose the day and choose the sign of your day
the day's divinity
first thing you see.

A vast radiant beach in a cool jeweled moon
couples naked race down by it's quiet side
and we laugh like soft, mad children
smug in the wooly cotton brains of infancy
the music and voices are all around us.

Choose they croon the ancient ones
the time has come again
choose now, they croon
beneath the moon
beside an ancient lake

Enter again the sweet forest
enter the hot dream
come with us
everything is broken up and dances.

Indians scattered,
on dawn's highway bleeding
ghosts crowd the young child's,
fragile eggshell mind

We have assembled inside,
this ancient and insane theater
to propagate our lust for life,
and flee the swarming wisdom of the streets.

The barns have stormed
the windows kept,
and only one of all the rest
to dance and save us
from the divine mockery of words,
music inflames temperament.

Ooh great creator of being
grant us one more hour,
to perform our art
and perfect our lives.

We need great golden copulations,
when the true kings murderers
are allowed to roam free,
a thousand magicians arise in the land

where are the feast we are promised?


Finalmente, una rareza


Publicado en revista Godard!

viernes, 17 de octubre de 2014

César debe morir


Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín 2012, retorno triunfal de dos directores en más de veinte años, dos hermanos que suman casi dos siglos, nóveles actores presidiarios, y por si fuera poco, Shakespeare. Paolo y Vittorio Taviani (Allonsanfán, Padre Padrone, Kaos), octogenarios veteranos de decenas de película del cine italiano, vuelven para demostrar que la edad no es sinónimo de nostalgia, que se puede vivir casi cien años y asumir compromiso con los problemas de su tiempo. Su última cinta no es evocadora, es más bien, revocadora de latentes y durísimos prejuicios.

“La libertad desenfrenada se castiga con la desventura” decía el bardo inglés en La comedia de las equivocaciones, la razón exige coherencia y mesura, pero la libertad es una fuerza exótica que la traspasa. Las víctimas tienen nombres, aunque sus celdas tengan números y sus camisas también. El alcaide de la prisión de máxima seguridad de Rebibbia en Roma, y el director de una compañía de teatro proponen a los presos la representación de Julio César, ninguno ha actuado antes pero no faltan voluntarios para la audición, el confinamiento es un escape silencioso que espera la oportunidad de gritar.

Mafiosos, traficantes de drogas, asesinos, la mayoría purgando largas o perpetuas condenas, son seleccionados para interpretar la tragedia del general romano, pero son novatos solo en la ficción, antes han sido los protagonistas del hecho real que recrea la cinta. Difícil hacer más delgada la línea entre documental y ficción: los mismos actores, haciendo lo mismo en el mismo lugar, y siendo a la vez diferentes, asumiendo sus personajes, pero conscientes de que también ellos son actores en la trágica comedia social. La claridad del arte es dolorosa donde alumbra a la enajenación de la violencia.

La estética no escapa a la seducción teatral de la obra de Shakespeare, la alternancia entre el blanco y negro y los instantes de color funcionan como el telón que en un parpadeo cambia la escenografía, el humor, los tiempos. No hay más que elementales y escasas posesiones en la cárcel, la economía de recursos cinematográficos es una lección de elegancia, sobriedad y coherencia con la representación. Como lo hiciera Bergman, los Taviani analizan la diferencia entre el arte del cine y el teatro, borrando sus fronteras al punto en que resulta complicado decir cuando los actores están declamando sus papeles o el guion. No hay otro escenario para la ficción que la misma realidad.

Los ensayos son la trama misma de la obra, que sin avisar se va desarrollando con una intensidad que excede los límites de la prisión. No hay actores profesionales, todos son los mismos reos que participaron de la exitosa puesta en escena que sustenta la película. Sobre ellos no hay nada que se ponga en evidencia más que sus crímenes, es a través de los personajes que encarnan que son expuestas sus tribulaciones. Finalmente, es una doble representación donde César, Bruto, Casio y los demás son también prisioneros de Roma, del honor, la libertad y sus ambiciones personales; el mismo dolor y compromiso que asumen los actores; y de pronto los muertos están vivos y los prisioneros libres en una mágica extrapolación del teatro shakespeariano.

La fuerza emocional del filme solo es comparable a su inteligencia, y es que la tragedia de Julio César tiene como eje los mismos problemas políticos, psicológicos y morales de la civilización desde aquellas 23 puñaladas del 44 a.C. la lucha por la libertad opuesta a los medios para conseguirla, defenderla o restringirla, y sobre quien tiene el poder de dispensarla. En este sentido la película es actual, provocadora y artísticamente virtuosa, no solo al atacar las evidentes fallas del sistema penitenciario que deshumaniza en vez de rehabilitar, sino en su crítica sobre los límites del poder, el honor y el sacrificio. Más importante aún, de la reivindicación de la libertad inherente al ser humano y del arte como revelación de esa verdad. En palabras de Cosimo Rega, convicto que interpreta a Casio “Desde que he conocido el arte mi celda se ha convertido en una prisión”.

De aquí nace una interesante objeción moral: el contacto con el arte a través de la obra ha despertado en los reclusos consciencia de una prisión superior a las paredes de su celda material. Sin embargo, no solo hay dolor en la frase de Rega, hay una comprensión implícita de la libertad y una evidente rehabilitación que pone en jaque la cadena perpetua que purga. César debe morir para que otros puedan ser libres y su sacrificio involuntario encierra la paradoja sobre quien está por encima de libertad para dispensarla o protegerla. Queda expuesta la gran contradicción del Estado, pero lejos de las afiladas disquisiciones políticas y morales, está la verdadera libertad que triunfa cuando el hombre rompe sus propias cadenas.


Publicado en revista Godard!

miércoles, 15 de octubre de 2014

La banda de Rock más grande del mundo


No existe la certeza de nada más irrefutable: discutamos sobre Dios, el sentido de la vida o el amor y todos dejarán más dudas de las que podrán resolver; hablemos sobre los Stones y la realidad será entonces, como la primera frase de este párrafo, una de las pocas verdades absolutas de la tierra. Si Los Beatles (sin  duda el grupo más legendario) fueron el Cristo del rock y el pop, los Stones, sus satánicas majestades,  fueron el anticristo de una época cuya simpatía por el diablo comenzó a romper con todo lo establecido, a lograr urgentes cambios. Los Stones siguen siendo la banda sonora de la película del último medio siglo, el más importante quizá, de la historia de la humanidad.

Mick Jagger dijo alguna vez que el espíritu de los Stones, vivía en los escenarios, como el de los Beatles en sus discos. Nada más cierto, es a partir de esta premisa que nace la sólida relación de la banda con el cine. En sus primeros años de fundación, más que su música, llamaba la atención de la prensa y comunidad londinenses la apariencia rebelde y la inmoral descarga de energía de los conciertos de una banda que se perfilaba peligrosa para el status quo. Charlie is my Darling (1966) de Peter Whitehead, fue la primera película de los Stones, un documental que capta precisamente la polarización de jóvenes y adultos frente a un grupo que para unos representaba libertad y para otros el caos y el comienzo del fin de la sociedad que conocían.

Son entrañables los momentos espontáneos en que Jagger, Richards, Jones, Watts y Wyman bromean, discuten e improvisan con la candidéz de unos muchachos en sus tempranos veinte años. No obstante ya se muestran como músicos maduros. El director tiene la suerte de filmar al grupo en el año en que con Aftermath, su primer álbum de temas enteramente originales, logran el estilo propio que los definiría en adelante. Brian Jones dice “estoy satisfecho con lo que hacemos” y es algo que se refleja claramente en los demás. La explosividad de sus conciertos, como lo demuestra este primer testimonio cinematográfico, lejos de disminuir ha crecido hacia una espectacularidad incomparable. Otro aspecto interesante que no se repetirá en futuras cintas será el escaso protagonismo de Jagger y el acierto de mostrar a la banda, en lo que a imagen se refiere, como un todo. Una de las últimas escenas muestra a Richards y Jagger improvisando una digna parodia de Elvis en Are you lonesome tonight?.

Francia, mayo de 1968: los jóvenes se convierten en un movimiento socio-cultural capaz de enfrentar a la creciente sociedad de consumo promovida por los medios masivos de comunicación; con los gobiernos de occidente puestos en jaque y los Rolling Stones, Beatles, Bob Dylan, entre otros, como ídolos musicales de la contracultura puesta en pie de guerra, Jean-Luc Godard dirige Sympathy for the Devil. Originalmente titulada One plus One, la película aborda diversos temas en una narrativa principal algo complicada debido al caracter interpretativo de los mensajes y la edición, que aunque brillante, resulta enrevesada a la hora de exponer tal número de materias y preguntas subjetivas. Se trata de un filme de doble género, por un lado el rockumentary, en las escenas en que salen los Stones grabando Sympathy for the Devil; por el otro una reflexión socio-filosófica de los problemas de la época y el papel de sus protagonistas (jóvenes, intelectuales, revolucionarios).

El concierto gratuito de los Rolling Stones en el Hyde Park de Londres reunió a 650 mil personas, el evento musical más grande que había visto el mundo hasta la fecha fue capturado por Ju Durden y Leslie Woodhead en Stones in the Park (1969). De altísima calidad, es uno de los mejores documentales sobre la banda y compone además un inapreciable retrato del espíritu de los 60. Destaca por su sencillez: tomas de la banda tocando, momentos íntimos del grupo, entrevistas a los personajes de la calle y a un Mick Jagger que parece un anticristo idealista. “Un concierto no solo se trata de salir a entretener y tocar música, sino de compartir con el público un sentimiento común, de tomarse las manos todos juntos y bailar alrededor de ese sentimiento” dice Jagger, visiblemente afectado por la muerte dos días antes del guitarrista, fundador del grupo y amigo, Brian Jones; a él le dedica, en uno de los momentos más emotivos del concierto el poema de Percy Bysshe Shelley, Adonaïs, una sentida elegía recitada en el silencio de más de medio millón de fanáticos.


Esta sería también la primera aparición en vivo del reemplazo de Jones, Mick Taylor, ex guitarrista de John Mayall and the Bluesbreakers. De las entrevistas a quienes asistieron al evento se desprenden dos mensajes claros respecto a los Stones y que explican la tremenda simpatía de su legión de seguidores: -los Rolling Stones son como nosotros, solitarios y forasteros- y que –al contrario de los Beatles y otras bandas son anti stablishment-. Los Stones eran todo lo que no debían ser y triunfaron. Entre el público de viejos rockeros y nuevos hippies aparece un joven Paul McCartney confundido entre la multitud disfrutando del frenesí musical de la banda más salvaje del mundo.

Tras tocar los mejores temas de su último álbum Beggars Banquet, el primero de sus cuatro discos leyenda, se despiden tocando Sympathy for the Devil con una banda de percusionistas africanos en un apoteósico final que deja en claro que la historia continúa ajena al curso de la vida. La presentación del 5 de julio de 1969 quedó registrada como una de las más sentidas e históricamente más importantes del grupo, fue transmitida más adelante por la televisión británica con una gran respuesta. Ese mismo año graban Let it Bleed, disco que cuenta con composiciones del fallecido Jones y el recién llegado Taylor que sería otro éxito mundial. Con este álbum emprenderían una nueva gira por Estados Unidos de donde saldría un nuevo trabajo cinematográfico.

Gimme Shelter (1969) se basaría en otro memorable concierto de los Stones, solo que esta vez menos afortunado que el anterior. Dirigido por los hermanos Albert y David Maysles, el documental recoge imágenes de la gira del Let it Bleed por Norteamérica, rotundamente exitosa aunque finalmente enlutada por la tragedia de Altamont. Tres partes componen la cinta: la grabación de algunos temas de su próximo disco, donde se muestra el proceso creativo de la banda, sus ratos de ocio, bromas y actitudes personales; la serie de exitosos conciertos acompañados por Ike y Tina Turner y el fatídico concierto. El 6 de diciembre de 1969 llegaron hasta California 300 mil personas de todos los rincones de Estados Unidos para lo que prometía ser el nuevo Woodstock. La riqueza de este material la constituyen los personajes de una década que no volverá, la psicodelia y el consumo de toda clase de sustancias psicotrópicas estaba en el punto de quiebre entre el “paz y amor” y el descontrol que llama a la violencia y esa línea, claro, se rompió.


Según la filosofía de las drogas (inalterable hasta hoy) no es suficiente con pasarlo bien porque siempre puedes pasarlo mejor, solo hay que sazonar el momento con dos o tres pastillas, unos polvos, hierbas, o esos hongos que no suelen usarse en la cocina. La gente de Altamont, fieles a sus convicciones, decidieron pasar de la teoría al empirismo tal vez demasiado pronto,  la lucidéz no era la condición general, se había escondido en botellas de cerveza y cigarrillos que no eran de tabaco. Desde muy temprano tocaron Crosby, Stills, Nash and Young, Santana, The Flying Burrito Brothers y Jefferson Airplane. Fue con estos últimos que inició el desbande. A Recomendación de los Grateful Dead, los Stones contrataron para mantener el orden a la mundialmente conocida banda de motociclistas renegados los Hells Angels, seguro teniendo en cuenta que estos ya habían actuado como seguridad en el Hyde Park de Londres sin ningún problema.

Con Jefferson Airplane empezaron los disturbios, entre la enajenación del tumulto y la confusión general el cantante Marty Balin fue noqueado por un Ángel del Infierno en el escenario, luego de este incidente los Grateful Dead decidieron cancelar su presentación. Entre innumerables disturbios, tres partos, tres muertes accidentales y muchos evacuados por las sobredosis llegaron los Stones como acto final. La situación era insostenible, fue un concierto accidentado, con Jagger llamando a la calma a cada instante y dentro de una atmósfera tensa, visiblemente incómoda para el grupo. La tragedia se consumó cuando Meredith Hunter, un joven de color, sacó un revólver con intención de dirigirse al escenario siendo interceptado por un Ángel del Infierno que lo apuñaló repetidas veces ocasionándole la muerte, todo fue captado en la película. Denme refugio (Gimme Shelter), era la sensación de los Stones tras el fatídico hecho que puso fin a una serie de exitosas presentaciones. La cinta es la fotografía de una época, que compone, junto a Stones in the Park, dos visiones diferentes de un mismo contexto histórico, la estadounidense y la europea.


En 1972 la banda se encontraba en el punto más alto de su talento creativo, editan Exile on Main Street, su mejor álbum hasta hoy, ya icónico en la historia del rock. Vuelven a los Estados Unidos, esta vez en su mejor momento y más salvajes que nunca. De esta nueva gira nace Cocksucker Blues de Robert Frank, fotógrafo de la banda que también realizó la portada del Exile. Debido a su contenido calificado de “demasiado obsceno” nunca fue estrenada formalmente, solo pudo conseguirse un permiso para presentarla una vez al año en el cinematógrafo de Londres. Estamos ante un híbrido entre documental y ficción, todo el material de los Stones es original, sin embargo para determinadas escenas se utilizaron actores desconocidos.

Sexo, drogas y Rock`n Roll, de esto trata la cinta, de cuando el desenfreno y la genialidad se encuentran en su máxima expresión y caminan juntas de la mano hasta que inexorablemente se agarren a trompadas. Groupies inyectándose heroína, fornicando en el avión, el aburrimiento en los hoteles, la explosión en los conciertos, todo esto es presentado sin una línea argumental o narrador, es más como un collage de imágenes grabadas para matar el tiempo. De Cocksucker Blues podemos rescatar imágenes que se graban indelebles en la memoria: Jagger jalando cocaína de un cuchillo antes de salir al escenario, Richards tirando un televisor por la ventana de un hotel y los cameos de Truman Capote y Andy Warhol, ambos amigos de la banda.

Exile on Main Street, no solo había elevado a los Stones a la condición de arquitectos del Rock`n Roll, los consolidó como la banda que daba las mejores presentaciones en vivo del mundo, Ladies and Gentlemen: The Rolling Stones (1973) da fe de este gran momento interpretativo. Rollin Binzer dirige un concierto atípico, alejado de la explosión de luces, colores y la teatralidad característica, para crear una atmósfera más íntima y obscura, justo como la del Exile on Main St. Editada a partir de dos presentaciones en Fort Worth, Texas, este concierto ocupa, sin duda, el primer lugar de cualquier lista de los Stones.


En los noventa minutos de duración la cámara está enfocada casi todo el tiempo en Jagger y no es para menos, ha de ser el mejor frontman y uno de los mejores vocalistas de la historia; Taylor se encuentra en su mejor condición técnica, y junto a Richards, los Stones tienen dos guitarristas capaces de igualar las presentaciones de virtuosos como los de Led Zeppelin o Cream. Hay que resaltar la magnífica edición en cuanto a tomas y canciones, que logran el equilibrio perfecto entre el sentimiento del blues y la rebelde locura del rock. El público se muestra solo pocos segundos, la banda parece tocar para si misma, enfrentando un mar de oscuridad infinita, la iluminación es escasa y solo para ellos, que encienden con su música el lugar. Un concierto increíble que provoca viajar en el tiempo y no regresar jamás.

La adicción a la heroína de Richards y el afán protagónico de Jagger produjo enfrentamientos en la banda, tensión superada en los estudios y que produjo exitosos discos, que no obstante, no superaron la altísima vaya de sus trabajos anteriores. En los escenarios la situación era distinta, nada había cambiado, por el contrario, sus presentaciones mostraban una banda sólida y con más energía que nunca. De vuelta en Fort Worth, Texas y en plena explosión del Punk y el Heavy metal, los Stones regresan para demostrar que siguen más vigentes que nunca con Some Girls (1978), concierto dirigido por Lynn Lenau, que forma parte de la gira del álbum del mismo nombre. Tres años atrás Mick taylor había dejado la banda, su reemplazo desde 1975, Ron Wood, ex Faces, se acopló de inmediato dándoles una dosis de actitud y talento que solo elevaron al grupo a otro nivel de espectacularidad, Some Girls es la viva prueba.

Una carga fuerte carga sexual domina este concierto, los stones son una fuerza animal que fornica multitudes. El arranque sin piedad deja sin aliento al público, hoy, frente a la pantalla es posible revivir la misma sensación. Puro y duro Rock`n Roll, los temas bluseros dieron paso a explosivas canciones de riffs demoledores con una carga cinética imparable como Shatered, When the whip comes down o Star Star. La química entre Jagger, Wood y Richards da a esta presentación y a todas las posteriores una proyección lúdica y aún más desenfadada (si eso era posible). Los Stones retornaban con un tremendo disco y una actitud atemporal que comenzaba a unir generaciones, su público ya fueran adolescentes, viejos o adultos son siempre jóvenes, como atestigua esta cinta, reunidos bajo el símbolo de La Lengua que ya es símbolo de la inmortalidad y el legado imperecedero del rock. La versión remasterizada de Some Girls fue estrenada en la cartelera nacional este año para deleite de todos los peruanos.

De esta etapa se desprende otro gran concierto, Let`s spend the night together (1982) de Hal Ashby. Hace ya treinta años esta cinta presentaba un formato de homenaje a los Rolling Stones, podemos intuir que el director y porque no, el mundo entero jamás imaginaron que la magia duraría hasta nuestros días. Nuevamente un escenario americano, esta vez Arizona, vibraría con otra inigualable velada musical. La variedad del repertorio es el punto fuerte de este filme, que tiene lo mejor de cada etapa de los ingleses: clásicos de su juventud con Brian Johnson, el country/blues de los setenta y el nuevo sonido funky/rock del Some Girls.

Se dice de los estadounidenses que son muy exagerados en cuanto a pompa se refiere, nada más cerca de la verdad. Este concierto no escatima recursos en deslumbrar al público con toda clase de artificios y números preparados para determinadas canciones. Como siempre, los Stones derrochan una potencia inagotable demostrando que el espíritu del rock`n roll es siempre joven. Las canciones se encuentran alternadas con breves imágenes del grupo en sus inicios y algunas entrevistas a Jagger, Richards, Watts y Wood. Un concierto imprescindible, una fiesta sin igual que deja satisfecho a quien puede revivirla a través de la pantalla.


Nueve años más tarde los Stones seguían tocando contra todo lo que las leyes de la probabilidad y la naturaleza humana suponían. En lo personal, salían de una situación crítica en los estudios producto del deterioro de sus relaciones personales. Dirty Work y Undercover no habían sido los mejores discos. Steel Wheels de 1989 significó su retorno al éxito comercial y una nueva gira mundial que llegaría al cine de la mano de Noel Archambault, Stones At the Max (1991) marcaría una nueva etapa del en música e imagen. Sorprende ver a los Stones con el cabello corto por primera vez, muy señores, con un cambio de estilo pero no de actitud. At the Max recoge las presentaciones del tour en Berlín y Londres, todo en aquella gira fue ciclópeo: desde el escenario, las enormes figuras inflables y fuegos artificiales hasta el talento de la banda y la orquesta que acompañaba las canciones. Otro deslumbrante concierto esta vez filmado en IMAX, el hoy tan publicitado formato, que mostraba a los Stones en toda su magnitud, diez veces su tamaño en relación a la película normal de 35mml.

Un fantasma del pasado volvería en 1996, The Rolling Stones Rock`n Roll Circus de Michael Lindsay-Hogg, grabado en 1968 para la televisión británica, jamás estrenado, que permaneció olvidado en los almacenes de un estudio clausurado por décadas. Entre las principales preguntas sin respuesta del hombre, como porqué estamos aquí y cuál es el sentido de la vida, debería añadirse porqué semejante joya permaneció oculta cuarenta años en la más infame ignominia. Grabado originalmente para ser trasmitido como un especial de navidad a modo de promocionar el Beggars Banquet, Rock`n Roll Circus reune a una constelación de jóvenes estrellas que hoy son veneradas como parte del espíritu de una década prodigiosa para la música, aquí están muchos de los protagonistas que lo cambiaron todo. El marco es el de una sátira circense, con acróbatas, tragafuegos y enanos reales, los Stones como directores del circo presentan una a una a las bandas de atracciones de carpa que habrán de entretener al público.

Los Jethro Tull, con Tommy Iommi (futuro Black sabbath) son el primer acto, porque tocar la flauta traversa y cantar saltando en un pie en la banda que sería el padre del rock progresivo tiene que impresionar a más de uno, primero al pequeño público del circo, después al mundo. Tremendos. Segundo acto: The Who, con tres increíbles discos a cuestas y My Generation en camino, hacen lo que tienen que hacer, espectaculares, no hay que decir más. Tercer acto: Taj Mahal con toda la actitud que le precede hasta hoy. Cuarto acto: Marianne Faithful, en ese entonces novia de Jagger, con una balada que congela el corazón.

Quinto acto: La legendaria Dirty Mac, el supergrupo compuesto por John Lennon, Keith Richards, Eric Clapton y Mitch Mitchell de The Jimmi Hendrix Experience. Tocan Yer Blues, la mejor versión de esta canción jamás realizada, tal despliegue de talento resulta indescriptible y produce ese sentimiento que solo asoma al contemplar el arte en su expresión más sublime; luego viene Whole Lotta Yoko, un jammin blues con la participación del violinista Ivry Gitlis, que con su Stradivarius de 1713 impone toda la clase que hace falta. Esta sería la primera presentación de Lennon como solista fuera de los Beatles. Los Rolling Stones son el acto final, en una presentación fantástica con premonición de elegía, pues será el último concierto de los Stones con su formación original, también la última presentación en vivo de Brian Jones, que moriría trágicamente meses más tarde. Rock`n Roll Circus es imprescindible para quien aprecie la música en cualquiera de sus formas.


Sobre la muerte de Brian Jones, el parte policial concluyó que había sido un accidente, según el testimonio de su enfermera, él se encontraba drogado y pasado de copas cuando a media noche se le ocurrió nadar en su piscina donde se ahogó presuntamente por un desmayo. No se encontró rastro de estas sustancias en su cuerpo. Stoned (2005) de Stephen Wolley reproduce los últimos días del músico a partir de una supuesta confesión de su asesino, Frank Thorogood, en su lecho de muerte en 1993. Jones era un hombre complicado más allá de lo que cualquier director podría suponer, así que no estamos ante la película definitiva sobre el fundador de los Stones, pero si ante una aceptable ficción que en lo argumental podría estar bastante cerca de la realidad. Hay un punto débil y es el protagónico algo sobreactuado que hace de Jones una especie de excéntrico decadente e inmoral, pero que más que un tormento como suele pasar con las estrellas de rock, aquí parece como una condición autoimpuesta y forzada para elevar al personaje a un estatus místico. En suma una película interesante, pero si se quiere tener una visión real sobre Jones mejor remitirse a los documentales, conciertos y bibliografía.

Tenía que llegar tarde o temprano, primero fue Bob Dylan, con No Direction Home (2005), que Martin Scorsese decidió que era hora de juntar su gusto por la música y su talento para el cine. Solo había que hacerse la pregunta sobre qué vendría luego ¿Stones o Beatles?, Serían los Stones con Shine a Light (2007) y luego los Beatles con Living in the material world (2011). Entre documental y concierto, Shine a Light es la cinta definitiva sobre la atemporalidad de los Stones. Las breves imágenes de archivo periodístico que salpican la presentación demuestran que la banda lleva cinco décadas sin envejecer un solo día, el tiempo no perdona la apariencia pero es un mito que merme el espíritu, los Stones podrían ser sujetos de prueba para la demostración científica de esta teoría. 

La meticulosidad de Scorsese contrasta con el estilo improvisado y juvenil de la banda que prepara su lista de canciones a última hora, se atreve a dar consejos sobre iluminación y escenografía y hasta sugiere al director poco ortodoxas ubicaciones de cámara. El concierto inicia con un Scorsese  al borde del colapso, que sin el el orden de los temas en la mano, no ha posicionado bien sus cámaras y se obligado a improvisar, es la magia de los Stones, con ellos nada es predecible. El arranque es brutal y de una calidad musical impecable: Jumpin Jack Flash, Shatered, She Was Hot. También habrán invitados de lujo, Jack White canta con Mick Jagger Loving Cup con un sentimiento y veneración expuestos sin vergüenza, sueño cumplido.

Luego vendría otro gigante, Buddy Guy, uno de los mejores bluseros vivos para tocar Champagne and Reefer en uno de los puntos más altos del concierto, esta vez la reverencia va hacia él, al terminar, Richards le obsequia su guitarra. Continúan las canciones y las excelentes tomas llenas de espectacularidad y color, Cristina Aguilera interpreta con ellos Live with me. Entre el público de todas las generaciones se dejan ver Bruce Willis y Benicio del Toro disfrutando como anónimos de la que seguramente es su banda favorita. El concierto continúa emotivo, salvaje y crudo hasta el final. En una de las entrevistas a Jagger en su juventud se le pregunta: ¿Te imaginas haciendo esto a los sesenta años?, -Si, definitivamente- este año Mick cumplió 69 y los Stones preparan nuevo disco y una próxima gira mundial.


A propósito de la reedición de Exile on Main Street, con 10 canciones inéditas, Stephen Kijak filmó Stones in Exile (2010), documental que revive la grabación del álbum a través del testimonio de sus protagonistas y cómo impactó en el rock y la vida de diferentes músicos que explican lo que significa el disco para ellos. -¿Por qué ir a un estudio?, podemos hacerlo aquí- Exile se grabó en Villa Nelcotte, en la Costa Azul, al sur del Francia entre junio y septiembre de 1971. Los Stones huían de Londres para evitar los elevados impuestos y tomar nuevos aires creativos, estábamos “demasiado ingleses” dice Jagger, había que encontrar un nuevo estilo. Exile es un trabajo experimental y tradicional a la vez. para conseguir diferentes sonidos se aprovecharon los espacios de la casa de inusuales formas: Jagger cantando en el cuarto de limpieza tras la puerta cerrada, Wyman tocando bajo una escalera, la batería en la cocina, etc. Todo para hacer un disco country/blues de la Norteamérica profunda, que le diría al mundo que los Stones hacen lo que quieren, como quieren, cuando quieren y mejor que nadie, con un álbum que se convirtió en el epítome de la actitud del rock`n roll.

En el punto más alto de su auge comercial sacan un disco sin éxitos pop, lo que fue confuso para el público y la crítica que calificó el disco de mediocre. La banda se había vuelto inclasificable y eso molestaba a mucha gente, transgredieron la ley fundamental del sistema que dice “si es rentable has siempre lo mismo”. Había la exigencia de pensar diferente, de cambiar la música, y se hizo, ir contra el estándar de la industria musical. Los Stones se convertían en artistas de feria, “freaks”, como los que componen la portada del disco, que en el contexto (guerra de Vietnam, revolución cultural, política y sexual) sonaba apocalíptico y fascinante; dice Richards –no es exactamente un trabajo académico el de componer, sino algo que está pasando y se manifiesta- eso es Exile, el grito de una época de cambios y no solo por eso es el mejor disco de los Stones, sino por su violencia, pasión, nostalgia y la calidad de unos músicos que se encontraban en el mejor momento de sus vidas.


Mick Jagger y Keith Richards en el cine

No sorprende que la personalidad de Jagger y su experiencia casi teatral en los conciertos lo haya puesto en el ojo de más de un director en sus cinco décadas de carrera. El primero en notar su potencial fue Nicholas Roeg, quien trabajaba en su opera prima, Performance (1970), que también sería el primer y mejor papel de Jagger en el cine, con una actuación destacada. El resultado fue una película cuya complejidad debía destinarla al más rotundo fracaso o colocarla (como sucedió) en la categoría de obra de culto. Develar su trama sería asesinar su encanto, sobre ella hay que hablar sin decir demasiado: alucinógenos, gangsters y estrellas de rock. Filmada tres años antes, fue censurada por los tribunales ingleses, exigiendo el recorte de las explícitas escenas de sexo, violencia y consumo de drogas, tras una larga batalla Roeg no tuvo más que ceder, aún así se logró una excelente edición, que finalmente no desmereció la cinta. Performance es una de las grandes películas de la psicodelia compartiendo el podio con Blow Up de Antonioni y El Topo de Alejandro Jodorowski, menos conocida que estas quizá, pero igual de imprescindible. Roeg apostará por el talento de otro músico siete años más tarde al trabajar con David Bowie en The Man who fell to earth.

El mismo la voz de los Stones volvería esta vez con un protagónico en Ned Kelly de Tony Richardson, la historia del irlandés héroe y forajido que se levantó contra el injusto trato que el gobierno colonial australiano impartía a sus compatriotas inmigrantes. Según la historia Kelly era un hombre tremendamente rudo y masculino, a pesar de esta diferencia sustancial, la actuación de Jagger es más que aceptable para ser un chico de veinte años con apariencia mucho menor y características físicas lejos del prototipo de un hombre brutal. Además el rockero interpreta canciones para la película, que junto a la música de Waylon Jennings, ícono del country, hacen de la cinta una balada folk traducida al cine. Evocativa, con una bella fotografía, que evoca la vida del campo en las praderas australianas, Ned kelly no es la versión definitiva sobre el personaje histórico, pero si una buena película que se deja disfrutar y de la que se pueden rescatar escenas memorables, como la de Jagger, revolver en mano, enfrentando una lluvia de balas enfundado en una rústica armadura de metal, como una versión primitiva de Iron Man.

Ambas películas constituyen el mejor momento del músico en el cine. Running out of luck (1987) y Freejack (1992) serían trabajos menos afortunados que duramente alcanzaron una calificación regular. En 2007 Keith Richards haría su aparición como actor en la cinta de Gore Vervinski, Piratas del Caribe: en el fin del mundo, su apariencia de tipo duro lo llevaría a interpretar el papel del Capitán Teague, lider de todos los piratas, que repetiría en Mareas misteriosas, de la misma saga en 2011. Además los Rolling Stones han prestado sus canciones para innumerables filmes, documentales, series, especiales de televisión y hasta juegos de video. Solo por citar algunos: Los  Infiltrados, Casino y Buenos Muchachos (Scorsese), Zabriskie Point (Antonioni), Apocalipsys Now (Coppola), Miedo y Asco en las Vegas (Terry Gilliam), The Royal Tenenbaums (Wes Anderson), El Luchador (David O. Russell) y series como: Los Sopranos, CSI, Lost, Doctor House, y los Simpson.

Publicado en revista Godard!