La música es la banda sonora del
mundo, de los reyes derrocados y los bosques silenciosos, del amor, la muerte.
La alquimia del sonido es facultad de hombres selectos, el compositor es una
hoguera, un glorioso fuego consumido por su propia magnitud, tragedia del
prodigio y el exceso. En el cine, el exceso, en sus muchos nombres, es Ken
Russell. Su marca: hacer de la transgresión una virtud, exponer la verdad que
denuncia la locura, y escupirla en la pantalla. Cada sinfonía son destellos de una
historia que espera en la penumbra el reflector, la cámara que anime la
tragedia de una vida prodigiosa.
La relación de Russell con la
música fue larga y duradera. Se remonta a sus primeros años como director de
cortos televisivos para la BBC de Londres. Entre 1959 y 1970 dirigió una serie de documentales de arte sobre las
luminarias de los siglos XIX y XX para los programas Monitor y Omnibus. Si bien
contó grandes historias como la de Isidora Duncan o el pintor Dante Rosetti, su
fascinación por los compositores y su obra se vio plasmada en un trabajo a la
altura de sus personajes. La vida de Edward Elgar, el llamado Strauss inglés,
fue el drama biográfico que lo estableció como un talento mayor en la escena
cinematográfica mundial.
El corto llamado solo Elgar
(1962) no sorprende por su extravagancia (rasgo de casi toda su obra
posterior), sino por una estética visual y ritmo que marchan al compás y como
las melodías del autor, marcadas de cándida nostalgia, pompa y desengaño. La narración,
en tercera persona, cuenta la historia del compositor, que, de pronto, pasa a
segundo plano cuando notamos que el protagonista no es él, sino su música. Y
ella es la voz del mismo Elgar, su sentir humano, religioso, político y social
durante cada etapa de su vida. Además de la técnica original, la exquisita
fotografía revela la belleza del paisaje inglés que marcó cada obra del
maestro.
Seguirían nuevos cortos sobre
Bartok y Prokofiev. Luego, The Debussy Film (1965), quizá el más innovador y
extraño de sus filmes tempranos. Con el francés empezaba la fascinación por los
personajes trastornados. Oliver Reed encarna a Claude Debussy, compositor no
reconocido, luego excelso, pero siempre holgazán y vividor. Transformar la
música en imagen, interpretar y traducir. La misma técnica, ahora, con un matiz
personal: la transgresión, la sugerencia mordaz. Amarrada a un poste, una mujer
desnuda recibe las flechas de su ejecución, suena El Martirio de San Sebastián,
comienza la cinta, y advierte que no se tratará de algo normal. Una película
dentro de otra. Mágicamente, los actores empiezan a asumir la identidad de los
personajes que representan. Dentro del set Debussy está vivo, los actores
posesos de su historia.
En 1968, dirige Song of Summer,
filme que aborda los últimos cinco años del compositor alemán Frederick Delius
y su entonces amanuense, Eric Fenby, también músico. Estamos ante una película
más formal, pero no por eso menos bella, un clásico instantáneo del documental
dramatizado. La paradoja del artista vuelve por partida doble: Delius, genio
consumido por una vida sórdida y cruel; Fenby, un talento atormentado en busca
de un mentor. Esta vez, el desengaño y la muerte de filmes anteriores se oponen
a una dura historia de esperanza y redención. La magia está en los personajes,
en cómo un joven católico conservador, y un anciano lisiado y pesimista, se
hermanan en el lenguaje superior de la música para crear la sinfonía final de
una mente brillante.
El último documental de Russell
para la televisión inglesa liberaría por fin una visión que había estado en la
sombra demasiado tiempo. Dance of the Seven Veils (1970), sobre el alemán
Richard Strauss, marca un punto sin retorno en la filmografía del director.
Atrás quedaron las bucólicas ensoñaciones de Elgar y la sobria elegancia de
Song of Summer. La sátira se apodera de cada fotograma, la carrera del
compositor, de quien se dice (sin pruebas concretas) fue muy cercano a los
nazis es ridiculizada sin piedad. Podemos deducir que el director no profesaba
gran admiración por la filosofía del superhombre (rasgo de muchos antagonistas
en su obra posterior), menos aún por los compositores de influencias
wagnerianas que fueron la banda sonora del ascenso y caída del Tercer Reich.
[Sp1] Justo o no, el mundo aún sentía el eco del holocausto.
Aunque en los créditos se anuncia
como un “cómic de ficción”, no por eso la cinta dejó de causar revuelo. La
secuencia de apertura lo dice todo: el Zaratustra de Nietzsche con el fondo
musical del Zaratustra de Strauss, siendo poseído por una horda de monjas
lujuriosas. Escenas después, el compositor se va de picnic con Hitler (se
mandan besos volados), y termina dando un concierto en el que un judío es
asesinado mientras él dirige una suerte de himno catártico nazi. El filme fue prohibido
en varios países por los familiares de Strauss que reclamaron los derechos
sobre sus composiciones. El veto continúa, la banda sonora con la que se emite
hoy en día son versiones pop de las sinfonías de Johann Strauss, hijo.
El escándalo que desató Dance of
the Seven Veils, marcó el fin del trabajo de Russell con la BBC y un
alejamiento momentáneo de la televisión para volcarse al cine. Regresaría con
otro maestro de la música: Piort Tchaikovsky. The Music Lovers (1970) demostró
que de la locura a la belleza hay solo un paso, que la versatilidad y la
sorpresa constituyen un estilo. La vida del autor del Cascanueces llegó como un
drama épico que parecía salir de las páginas de una novela rusa. Sin embargo,
ninguna película de Russell será tradicional. Alucinaciones y derrapes
psicológicos ilustran la desventura de otro artista perturbado.
Como en las melodías de
Tchaikovsky, las tomas se funden en imágenes hermosas y grotescas como
violentas notas graves o delicadas armonías. En el documental quedó la
biografía autorizada, los hechos reales son pocos esta vez y quienes no
encuentren la vida del músico demasiado especial, hallarán en esta ficción un
personaje fascinante. Las notables actuaciones de Richard Chamberlain en el
papel principal y Glenda Jackson, su esposa, completan el magnífico trabajo en
dirección, fotografía, vestuario y guión que hacen de este un filme de calidad
superlativa, entre los mejores jamás hechos sobre un compositor.
Ese mismo año se estrena The
Boyfriend, su primer musical de género, una adaptación de la obra homónima de
Sandy Wilson que triunfó en los teatros de Londres y Broadway en 1955. Se trata
de un tributo a las comedias musicales de los años treinta. Hilarante y
encantadora es la definición de esta película, que pese a su largo aliento, no
deja de asombrar por su excelente dirección de arte, reparto y sus cándidas
pero bellísimas canciones. Se ha acusado al director de un abuso de
espectacularidad en su obra, pero si el exceso encuentra lugar es aquí. Los
colores deslumbrantes, al igual que las tomas y el montaje se unen para vestir
un musical que no podría ser de otra manera. Una joya perdida, a veces
subvalorada, a la que urge salvar del olvido.
Mahler sonaría en el cine cuatro
años después. Otro alemán excepcional es tema de la última película de Russell
en la que aún veremos un esquema ligado a la cordura. Parcialmente histórica,
psicológica y onírica, es ejemplo de cómo
un drama puede conjugar sátira y tragedia sin perder el equilibrio. Mahler, es
el compositor en el diván a través de sus relaciones íntimas y sociales que dan
forma a su música y destino. Largas tomas que abundan en detalles reflejan que
la inspiración del maestro viene de lo natural, de la belleza del amor y de la
muerte.
En el proceso creativo, en la
contemplación del paisaje o de sus hijas, es donde el autor encuentra paz, el
sosiego de abstraerse del mundo real. En los sueños viene la tormenta, el
precio de la fama ha sido la traición a su religión, a sí mismo y a su
matrimonio. Contra él ningún castigo será suficiente y Russell tiene mil
maneras de mostrarlo, cada una más divertida y terrible que la anterior. Mahler
vive con el enemigo, se ha forzado a amarlo para alcanzar el éxito y darse
cuenta que en el camino lo ha perdido todo. Un compositor judío en amores con
la viuda antisemita de Wagner, una cruel ironía de la vida real con la que el
director hace lo que sabe hacer: surrealismo de primer nivel, profundo,
entretenido y doloroso.
Cuándo se estrenó Tommy (1975) el
pop había alcanzado niveles máximos de penetración en todos los ámbitos
sociales, culturales y por supuesto en la música. En 1969 la banda británica
The Who había lanzado la primera ópera rock: Tommy, un controvertido álbum que
exponía la frivolidad de las relaciones humanas en la nueva religión mundial
del consumismo. La historia estaba escrita, solo había un director capaz de
traducir con fidelidad su concepto en imágenes. La película no levantó menos
polémica que el álbum. Salvaje y retorcida, la belleza de Tommy está en la sinceridad
de su locura, en la exageración de las vergüenzas que revela sin piedad. Si
bien el argumento es fiel al disco de la banda, la cinta es Ken Russell en su
máxima expresión: un viaje de magníficos excesos.
Oliver Reed y Roger Daltrey
(vocalista de The Who), actores recurrentes del director se encuentran para
brindar dos interpretaciones brillantes. Se suman Jack Nicholson (al que
oiremos cantar) y Ann-Margret, nominada al Oscar ese año como mejor actriz.
Eric Clapton, Elton John, Tina Turner y los miembros de The Who completan un
reparto que no tiene pierde. La cinta
aborda el eterno conflicto de la libertad y su falsa realización a través del
placer. La superficialidad de todo cuanto existe en la cultura pop ha anulado a
Tommy (Daltrey) en todos los sentidos, que al refugiarse en si mismo descubre
que la libertad es una condición y no un objetivo que se logra con dinero. Toda
su experiencia se narra en imágenes cándidas, a veces dulces y grotescas,
mientras él, frágil, asimila impávido la decadencia. No hay nada que ocultar,
Russell no matiza el desamparo y la violencia emocional, aun así entretiene,
nos divierte cuando deberíamos sufrir las desdichas de los personajes, parece
decir que todo es una broma, quizá como la vida misma.
Ese mismo año dirige Liztomania,
sobre la aparición del pop en el siglo XIX. Daltrey encarna a Franz Liszt,
virtuoso compositor con fama de Don Juan, víctima de un ego acorde a su
leyenda. La Lisztomania fue acuñada por el filósofo alemán Heinrich Heine para
referirse a la euforia que causaban los conciertos del pianista en la Europa de
1840. Para demostrar que hemos cambiado muy poco el director convierte la
música clásica en rock y a Liszt en una estrella mundial. El concepto es
similar al de Tommy. No hemos mejorado como sociedad, la tragedia solo se ha
movido de escenario. Nuestro Villano es Wagner, un vampiro (literal y
alegórico), que persigue el ideal del superhombre. A través de Liszt, Russell
se burla de la grandilocuencia de la música del alemán. Sin embargo, al subestimarlo
la malentendida filosofía de Nietszche da origen al fascismo con Wagner a la
cabeza, ahora reencarnado como El Führer. Un filme original que destaca por su
extravagante crítica social y bizarro entretenimiento.
El último proyecto musical de Ken
Russell fue Aria (1987). Robert Altman, Jean-LucGodard, Bruce Beresford, entre
otros, fueron invitados para adaptar un aria de ópera de su elección con total
libertad de estilo. Destacan los trabajos de dichos directores y por supuesto
el Nessun Dorma de Puccini, que Russell recrea maravillosamente en la lucha de
una mujer por sobrevivir al quirófano
tras perder la consciencia en un accidente de auto. El corto lírico es una
sucesión de metáforas visuales durante la anestesia de la operación que trata
de salvar a la muchacha, para quien dormir significa la muerte. Las diez arias
de la cinta entregan emociones diferentes, unidas por la intensidad de la ópera
en toda su dimensión dramática y fatal. La última película no siempre es el
final, la pasión de Russell por la música vivirá cada vez que la imagen se
convierta en sinfonía.
Esta no es una película para los incondicionales de Star Trek, quienes
tenían por héroes a William Shatner y Leonard Nimoy explorando nuevos mundos
allá por los ochenta, pueden celebrar que su clásica saga favorita quedará
intocable en la historia. Es otro el Enterprise que dirige J.J. Abrams, una
nueva nave con los mismos personajes pero diferentes, y el enorme mérito de sentirse
originales a pesar de llevar nombres que llegaron más allá antes que ellos.
Star Trek no revive, se transforma, y este acierto del director renueva la
vigencia de un emblema de la ciencia ficción que estaba cayendo en el olvido.
Abrams lo está logrando sin repetir la vieja fórmula pero con los mismos
ingredientes. Suena difícil, lo es, y funciona.
La nueva saga que empezó con Star Trek – The Future Begins (2009), recoge
la juventud de los personajes en una línea de tiempo paralela, el enlace con la
historia principal no por simple es menos brillante, y se deshace de la
etiqueta de “precuela” con facilidad. Into Darkness parte
de un sólido guion, el de Wrath of Kahn (1982), con todas las licencias del
caso, desligándose del remake pero rescatando a uno de los más temibles
enemigos del capitán Kirk y compañía. Tanto en argumento y personajes, el
dinamismo es la diferencia sustancial entre ambas sagas, si bien las películas
de Abrams no dan descanso a los sentidos, tampoco abandonan el componente
filosófico, moral y humano que es el núcleo de Star Trek.
Del argumento se puede decir que es por momentos predecible, pero jamás los
personajes. Ante cada situación inesperada, la lógica del Primer Oficial Spock
(Zachary Quinto) y la intuición del Capitán Kirk (Chris Pine) se enfrentan y combinan
para dar con la decisión más inteligente. La tripulación también es vital en
este juego, cada uno representa las diferentes áreas del gran cerebro que es el
Enterprise, nadie es prescindible en el sistema de la razón. En contraposición,
el villano Khan, encarna la autosuficiencia del superhombre y su limitación en
cuanto a objetivos que le exceden, donde es necesaria la cooperación y los
valores morales que la sustentan. La dirección, ritmo, efectos, música, y el
primer nivel de las actuaciones completan esta película que se inscribe entre
los clásicos del nuevo cine de ciencia ficción del siglo XXI.
En la escala Kardashev de avance tecnológico, el universo de Star Trek se
ubica en el Tipo II, una civilización capaz de obtener energía de múltiples
sistemas solares, y, aunque virtualmente inextinguible, aún sometida a lo
impredecible de las decisiones humanas. Esta vez, la búsqueda de nuevos mundos
se convierte en una excusa para probar que el hombre sigue siendo su propio
némesis ahí donde la razón pierde el equilibrio entre la fría lógica y la
moral.
Eterno retorno, una sensación de fértil desamparo embarga al
espectador. Acaba de ver una película incómoda como un abrazo materno de
ultratumba, familiar y lejano pero desde lo profundo del ser. Loong Boonmee
raleuk chat (2010), escapa a los criterios técnicos de clasificación: no es un
documental, es lo más certero que se puede decir, más allá de eso es una visión
sobre la condición humana. Cercana al realismo mágico en la forma, y de fondo
mitológica, social, metafísica, política y además sobre el eterno debate del
hombre entre la muerte y la transformación. Esto sería suficiente para obtener
la Palma de Oro en Cannes que ganó el año de su estreno, pero hay más.
El soberbio despliegue de arte, quietud y movimiento se
asemeja al escenario previo de la muerte, que no es una agonía convulsa, sino
un tránsito de epifanías hacia el retorno del no ser. El tío Boonme está
muriendo y con él cambia todo aquello de lo que es parte, la ilusión que es el
mundo humano se va desmoronando: el dualismo entre el bien y el mal, las
barreras físicas de idioma, nacionalidad u opción política, todo parece
insignificante ante el llamado de algo primigenio que reduce los laberintos de
la existencia hacia las verdades elementales. Todo en el marco simbólico de la
mitología tailandesa, en la que no es necesario ser entendido, porque toda
mitología es hermana de origen.
La modernidad está construida sobre los mundos del pasado, y
todas las cosas se deben a sus formas anteriores, el hombre no es la excepción.
De esta manera el tío Boonme va recordando lo que fue en vidas pasadas, bien
como reencarnación, delirio antes de la muerte en base a su imaginario
psico-geográfico, o como la serie de eventos biológicos que llevaron a él, y a
la que regresa consciente de ser parte del ciclo de renovación de la vida. De
esto hablan los símbolos, pero también los personajes con perpleja naturalidad,
y es que de alguna manera recuerdan lo que ya sabían con certeza, más aún en el
ambiente rural de Tailandia, que es inevitable evocador de los sentidos y
verdades primigenias.
La carencia de narrativa lineal y banda sonora sirve a la
evocación terrenal y mística de la película. La música son los grillos y el
crepitar de las bombillas en la noche; como la realidad es continua solo hasta
donde alcanzan los sentidos. La estructura poética además regala bellas y
elegantes escenas como la de aquel pez gato haciéndole el amor a una princesa
desfigurada en el arroyo. Finalmente, las vidas pasadas de Boonme, sus sueños y
lo real, se confunden al descubrir que son el único lenguaje para expresar la
condición humana y la transformación, como lo hiciera 2001: odisea en el
espacio, o El Árbol de la Vida, pero desde la percepción oriental. “Es como un
vientre, aquí nací, no sé si como hombre, mujer o animal”, murmura Boonme en su
lecho de muerte, quizá mientras recuerda a su esposa fantasma decir “El cielo
está sobrevalorado, no hay nada ahí”.
Avengers fue la sorpresa más
grande del cine comercial de la última década, un proyecto tan ambicioso que
muchos pensaron estaría condenado al fracaso. No fue así. Con la última
producción de Marvel las películas de superhéroes se consolidan como un nuevo
género. Era necesario un cambio de concepto que no solo percibiera a las
adaptaciones de cómics como historias para hacer dinero, sino como un arte que pudiera
ser llevado al cine para ofrecer más que entretenimiento, calidad y dimensión
artística.
Las grandes productoras de
superhéroes, Marvel y DC, han comprendido al fin una idea elemental: recursos,
un guión inteligente y una buena dirección se imponen a la fórmula tradicional
del blockbuster musculoso y sin cerebro. Avengers reúne todas esas cualidades,
además de otra primordial cuando se trata de adaptaciones literarias: fidelidad
en los personajes, pasarlos del papel a la tercera dimensión sin deformarlos
para hacer que la cinta encaje en los esquemas de ventas de asesores
publicitarios. Y es que las películas sobre historietas no exigen demasiado al
cine, todo está en las viñetas, desde el guión, argumento, hasta las tomas y
escenas, solo se requiere la habilidad de un equipo capaz de trasladar ese
universo a la pantalla grande sin destruirlo en el intento.
No se puede pensar en Avengers
como un blockbuster más del montón como no se puede comparar al Señor de los
Anillos con Transformers. Existe una diferencia fundamental de enfoque y
objetivos, pensemos en Battleship (Batalla Naval) o John Carter, ambos estrenos
comerciales de verano que debían arrasar taquilla y que sin embargo fueron
rotundos fracasos. La diferencia está en la concepción, desde la selección del
director, guionista, reparto y los detalles hasta el respeto por el proyecto
que se tiene entre manos. El mejor cine no es el que sugiere al espectador
comprar un producto sino apreciar una idea, esa es la diferencia fundamental
entre un estreno taquillero de tantos y las películas dignas de admiración, que
por sus cualidades capturan a todos los públicos y claro, se convierten en
blockbusters millonarios.
Es la primera película en la
historia que reúne a protagonistas y reparto de sagas individuales, una idea
que por temeraria no era esperada con optimismo. Grande fue la sorpresa cuando se
hizo evidente que había que rendirse ante lo que resultó una gran película, un
clásico instantáneo que recuerda a los asistentes de todas las salas del mundo
que para reír, emocionarse y amar el cine, no es necesario ser un erudito del
cine independiente o un devorador de producciones millonarias. Por supuesto,
tampoco se trata de canonizar una película, que por momentos peca de ingenua o
que por exceso de comedia a veces merma el dramatismo restando intensidad,
lejos de aquellos defectos Avengers funciona como un reloj.
El destino de Los Vengadores y el
éxito de su misión recayó en Joss Whedon, director más conocido por su trabajo
en televisión para series como Buffy the Vampire Slayer, Angel o Firefly,
producciones quizá no muy brillantes, pero que en su momento regalaron un
entretenimiento legítimo que suplía las deficiencias argumentales. En Serenity
(2005) su experiencia en la pantalla chica se consolidó en un thriller de
ciencia ficción emocional e inteligente, que a fuerza de efectivos ganchos de
argumento y acción logra involucrar al espectador en la aventura. Una opera
prima en la que Marvel encontró al director con la capacidad de dominar las
fuerzas colosales de un proyecto sin precedentes.
Whedon es un maestro de los
tiempos y el ritmo narrativo, conoce la dinámica de la acción, sabe que más
allá de las tomas veloces una pelea no se resuelve en una edición de picadillo.
No solo es la técnica en las escenas de acción milimétricamente elaboradas la
que mantiene al espectador en su butaca durante más de dos horas sin siquiera
notarlo, es el momento: el uso del ritmo y el tiempo que conecta épicas escenas
de batalla con situaciones de intriga, tensión y humor. A esto se suma el
fantástico guión gracias a Whedon y su co-guionista Zack Penn (The Incredible Hulk,
X-Men II).
Es gracias a esos diálogos que el
universo de los vengadores cobra vida y se hace creíble al transcurrir del
metraje. Es como si ambos escritores hubieran leído y respirado historietas
durante años y luego no pudieran hacer nada más que plasmar en el guión toda
esa experiencia. De hecho, Whedon es un confeso coleccionista y lector de
cómics que ya venía trabajando con Marvel en algunas películas animadas y
guiones de videojuegos. En el argumento (tomado de las páginas de la primera
saga de Avengers, con algunos ajustes de personajes), los diálogos constituyen
la estructura que sostiene una historia más bien simple, que toma forma y
adquiere una dimensión más profunda en las palabras de sus protagonistas y cómo
se relacionan.
En lo estético Avengers es
infalible, desde montaje y vestuario hasta los efectos especiales que
evidencian equilibrio entre espectacularidad y mesura cuando se trata de
impresionar; queremos ver escenas grandiosas, claro, pero sin sufrir epilepsia
por confusión visual en el intento. Más importante aún, la edición: al fin
podemos ver escenas donde los actores golpean, se cubren, contraatacan, etc. y
apreciar sus movimientos, ver qué ocurre en las tomas y no solo imaginar que
está sucediendo detrás de esas imágenes confusas, como suele pasar con las
tomas de tres segundos a las que nos tienen acostumbrados las últimas películas
de acción.
La fuerza de Los Vengadores está
en sus personajes, en sus guerreros, pero también en sus enemigos, era
necesario un antagonista calificado para superar a los héroes en un campo más
allá de la fuerza. Loki, interpretado por Tom Hiddleston (Thor, Warhorse),
regala una malignidad entrañable, el Dios timador de la mitología nórdica, hace
del engaño un arte capaz de reducir con solo palabras a cinco superhombres y un
ejército de agentes especiales. A pesar de su divinidad, Loki tiene una
condición que lo humaniza, los delirios de grandeza, venganza, y su fracaso
final hacen imposible odiarlo, su maldad es el reflejo de la caricatura que a
veces somos todos los humanos.
Tal villano no podía dejar de
tener justicieros a su altura. Los
Vengadores son: Iron Man (Robert Downey Jr.), Capitán América (Chris Evans),
Hulk (Mark Ruffalo), Thor (Chris Hemsworth), Black Widow (Scarlett Johansson) y
Hawkeye (Jeremy Renner). Cada actuación superó a cualquiera vista en las
sagas individuales de los personajes, y es que no se trata solo de la calidad
interpretativa, el éxito de Avengers debe mucho a la psicología de los héroes
del cómic original. Su creador, Stan lee, se llevó los primeros créditos de
esta película hace más de 40 años.
La gran sorpresa fue el nuevo
Hulk de Mark Ruffalo (Shutter Island, Zodiac),
el gigante verde al fin encontró alguien que cupiera en sus zapatos. Su
furia destructiva es responsable de los momentos más intensos y graciosos de la
cinta, la voz de Hulk corre por cuenta de Lou Ferrigno, quien interpretara al
irascible sujeto radiactivo en la serie de los 80 y en todas adaptaciones
posteriores de Hulk. La decepción: la escasa profundidad Hawkeye, que pese a la
buena actuación de Renner, quedó como un añadido superficial, lo mismo pasó (en
menor grado) con Black Widow, no disculpamos el desacierto, pero quizá más de
tres horas habría sido demasiado.
Hay que destacar el trabajo de
Chris Evans, que tras su lamentable actuación como la antorcha humana en los 4
Fantásticos I y II, se redime con un Capitán América que no decepciona, menos
cándido, más sólido, con los rasgos del líder que debería ser, mejor que en su
propia cinta, aunque puede dar mucho más. El Iron Man de Robert Downey Jr.
supera las expectativas de una buena actuación para robarse la pantalla como el
mejor de los Avengers, su carisma y humor no tienen pierde. Thor, alejado del matiz
ingenuo de su primer filme, se presenta más curtido, Hemsworth da al Dios del
trueno el peso y el carácter que le hacían falta. Black Widow y Hawkeye
completan el equipo con actuaciones a la altura de sus pares.
Samuel L. Jackson, como Nick
Fury, jefe de Shield (Organismo internacional de defensa)
completa el reparto de estrellas de la cinta. Los Vengadores se ha posicionado
como la película de superhéroes con más recaudación de todos los tiempos,
superando a Batman: The Dark Knight Rises; ambas entre los mejores estrenos de
la cartelera comercial del 2012. En resumen, estamos frente a una película
infalible que podría dar inicio a una de las sagas más memorables del cine. Por
lo pronto Avengers II ya es un hecho, su director ha prometido una secuela más
dramática y oscura para el 2017.
-If
the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is,
infinite- (Si las puertas de la percepción fueran abiertas, todo aparecería
ante el hombre tal y como es, infinito) con esta frase de William Blake, Jim
Morrison dio vida a The Doors una tarde de verano de 1965. El grupo, como todo
lo bueno duró poco, pero lo suficiente para consagrarse como una de las bandas
más místicas y poderosas de la historia del rock. En 1971, su líder y
vocalista, Jim Morrison, cruzó las puertas de la percepción, pero su voz quedó
del otro lado del umbral, y aun nos rodea como la magia galopante que deja el
alma de los poetas muertos. –Soy el Rey Lagarto, puedo hacerlo todo- dijo él, y
en efecto hizo música, cine y poesía. El cine lo adoptó a él y a los Doors, el
poder de la música vive también en las imágenes, en el celuloide de los sueños
salvajes.
Cuando William Blake escribió El matrimonio entre el cielo y el infierno a finales del siglo
XVIII, percibía ya la realidad física como el producto de los filtros naturales
que la evolución, a través de los sentidos, otorgaba al hombre para asegurar su
cordura y el desarrollo de la razón; había que simplificar las variables de un
mundo, cuya ecuación era infinita. Casi doscientos años después Aldous Huxley
escribía Las puertas de la percepción,
donde narraba sus experiencias con la mezcalina, sustancia activa del peyote. De estos autores
se embebió Jim Morrison para dar vida a una banda que abriría las puertas de la
percepción, The Doors, más que una puerta, un símbolo, un umbral siempre
abierto que se cruza, si te atreves.
Hace cuarenta años que la voz de Morrison viaja
infinita, por el espacio y en la radio, en el silencio y en la quietud de la
muerte que a tantos inquieta, allí flota su voz, viva y sonora cuando nos
abandonan los sentidos, más suave y fuerte en las fronteras del sueño, más allá
de aquellas puertas viaja eterna hacia otras puertas más profundas. Fiel a las
profecías murió a los veintisiete años, como Jimi Hendrix, Brian Jones y Janis Joplin;
un tardío miembro del mismo club, diría –es mejor arder en un instante que
apagarse lentamente- Kurt Cobain también murió a los veintisiete. El destino
siempre ha sido caprichoso con la música, Morrison nació un ocho de diciembre,
fecha desde la que imaginamos un mundo sin John Lennon. De estar vivo, diría
que Dios es un humorista refinado de chistes encurtidos.
Si Jim Morrison no
hubiera nacido vocalista de una banda de rock, hubiera sido director de
cine. Estudió cinematografía en la Universidad de California (UCLA), no en la
misma clase, pero si en el mismo tiempo en que Coppola seguía ahí la misma
carrera. Morrison terminó el curso, pero no asistió a su graduación, para ese
entonces había perdido total interés por la industria cinematográfica. Me
aventuro a decir que hubiera sido un autor difícil, artista de la imagen, poeta
de lo prohibido. Prefirió dirigir sus propias películas en la imaginación, a
través de una poesía muy visual, simbólica; en los desiertos tormentosos de la
mente encontró un estudio de paredes como inacabables llanuras, donde por
cámara tenía los ojos de un ave que todo lo ve, y como director el alma
ancestral de un chamán reencarnado.
Pastoral
Americana
Después del concierto de Miami en 1969, casi en el
ocaso de los Doors y con un juicio encima por exposición indecente, entre otros
cargos, Morrison decide regresar al cine. Escribe el guión de HWY (highway) American Pastoral, película basada en sus propias
experiencias como viajero autoestopista, en la que asumirá el rol principal. Paul
Ferrara, fotógrafo oficial de la banda y amigo íntimo sería el director.
El guión que no ha de superar las tres caras está marcado por los símbolos
recurrentes en la poesía de Morrison: indios, arena, coyotes y asesinos,
desolación. Es la historia de un hombre perdido en el desierto, perturbado,
pero no visiblemente, sino por dentro, como un can salvaje, viejo, solitario,
herido y loco.
La película podría resultar inquietante para
algunos, pero familiar para los que conocen a Jim Morrison. Es un hitchhiker
(autoestopista) de largos cabellos y barba, su apariencia y el desierto abrasador
del Mojave, evocan a El Topo de
Alejandro Jodorowski. El filme transcurre entre largos silencios, de hecho el
único personaje parlante es el protagonista, y que no se entienda parlante como
muy hablador, sino como que tiene la capacidad de hablar y la usa solo cuando
es necesario, unos tres o cuatro diálogos, no más. La banda sonora no escapa al
exilio de lo convencional: ritmos tribales, sinfonías del blues al piano,
flamenco, Sinatra, Beethoven, y aullidos de animales, mucho ambiental. Si bien
Ferrara dirige la cinta, Jim Morrison se interpreta a él mismo y su personalidad
abarca todos los aspectos del film.
La dirección se caracteriza por
larguísimas tomas abiertas, del desierto, los vecindarios de la costa este, la autopista,
la ciudad. El hitchhiker se convertirá en un asesino de carretera, para
finalmente confesar su crimen por teléfono a un desconocido (el poeta Michael
McClure) –it`s not big deal- dice, y
se pierde en la luz artificial de la ciudad, entre las sombras de la noche. Es
un mensaje desolador, nihilista y real. Morrison interpreta no a un personaje,
sino a una bestia antigua y solitaria, que en todos los hombres habita en los
rincones de locura, que acecha en la oscuridad del pensamiento de los más
iluminados.
Cierto es que la apreciación es
subjetiva, pero el valor de American
Pastoral va más allá de la interpretación. Se trata de una película independiente,
de las primeras de su género, incluso anterior a Easy Rider (Buscando mi Destino). También es experimental, marcada
por las nuevas corrientes del cine europeo, casi una película de autor (Morrison
era admirador de Godard, Antonioni, entre otros) y filmada durante la
decadencia de los grandes estudios de Hollywood.
Aunque fue exhibida en Cannes
(1969) pasó desapercibida, quizá por su apuesta demasiado arriesgada. Hoy solo
quedan tres copias oficiales de esta cinta, una en posesión de la familia de Pamela
Courson, novia de Jim, otra que pertenece a Paul Ferrara, y una última en manos
de Ray Manzarek, tecladista de The Doors. Manzarek la ha prestado para exhibición
en repetidas ocasiones, la última de ellas en 2001, en homenaje a los treinta
años de la muerte de Jim. En 2009 prestó la cinta al director Tom DiCillo para
la producción del documental sobre los Doors When You`re Strange. Actualmente es difícil conseguir un original,
sin embargo en internet circula una copia de escasa calidad, que no desmerece
la cinta y que por su rareza se ha convertido en un objeto de culto en el mundo
virtual. American Pastoral fue único
largometraje de Morrison en vida. Paul Ferrara se dedicaría a editar
documentales con material de archivo de los Doors, como Feast of Friends (1970), Dance
on Fire (1985) y The Soft Parade
(1991), no volvió a dirigir una ficción, pero tampoco se alejó del cine;
trabajó con Jim jarmuch en Down by Law
y con Henry Jaglom en Venice Venice,
en ambas como asistente de fotografía.
La película del mito
Veinte años después de la muerte
de Jim, Oliver Stone se encargó de revivir la leyenda de la banda en 1991. The Doors fue un ambicioso proyecto,
muy personal, que venía preparando con anterioridad. Val Kilmer ganó el papel
en 1986, cuando memorizó las letras de varias canciones de los Doors y las
interpretó en una audición que, por su calidad y similitud con la voz original,
dejaría impresionado al director. El hombre de Platoon (Pelotón) había encontrado al gemelo perdido de Morrison.
Sin Kilmer la cinta no hubiera sido lo que es, dado que el actor también
profesaba una gran admiración por el músico y poeta americano, al igual que
Stone. Ambos lograron más que una química, la mística que exigía un proyecto
sobre una banda rebelde y trasgresora.
Si bien el filme podría
entenderse casi como un documental acerca de la banda, es más bien una
biografía de Jim Morrison, donde su juventud y su muerte marcan el inicio y el
fin. La cinta aborda los momentos claves de la historia de The Doors, desde los
ensayos en la casa de playa alquilada por Manzarek, la composición de Light my
Fire (escena que según Robbie Krieger, guitarrista del grupo, es bastante fiel
al hecho), los primeros conciertos en el London Fog y el Whisky a Go Go, el
éxito comercial, los grandes conciertos y las tensiones generadas por la
conducta violenta y libertina de Morrison, que en aquellos tiempos de crisis se
definiría a sí mismo como –un ídolo de barro, una broma de los dioses-.
La cinta es un tour de force, que aborda los temas de
la psicodelia, la experimentación con las drogas como el peyote, los ácidos, la
cocaína y el alcohol; el desenfreno sexual, la rebeldía, el existencialismo, el
aislamiento y la autodestrucción. Es la fotografía de una época, de los excesos
de la banda y principalmente de su vocalista. Es imposible, sin embargo, no
percibir una cierta falta de profundidad en el papel de Morrison, de la que no
podemos culpar a Kilmer, pero que podría atribuirse a un guión que si bien es
bueno, pudo ser mejor. La dimensión de Morrison como un ser atormentado y poeta incomprendido queda eclipsada por su alterego “Jimbo”, impredecible y perturbado; la profundidad que podemos observar en su poesía se pierde
ante un guión algo pretencioso; que se justifica si entendemos la película no como
el retrato de Jim Morrison, el hombre, sino como la estrella de rock.
El mismo Ray Manzarek, quien
fuera convocado por Stone para participar en la película, se mostró inconforme
con el guión y declinó la invitación. Robbie Krieger y John Densmore
(baterista) aceptaron asistir al director como consejeros técnicos. Ambos, al
igual que Manzarek, renegarían más tarde de la fidelidad de la película. La
cinta no puede entenderse como una biografía real de The Doors, sino como una
ficción del mito. Que como pieza cinematográfica es bastante buena, de hecho
una de las mejores de Stone, y sin duda la mejor actuación de Val Kilmer (que
además interpretó todas las canciones), sin embargo para los entendidos de los
Doors, si bien conmueve y emociona, no hace justicia a la banda real, a su
significado y trascendencia.
La primera parte del film
logra introducirnos con claridad al
Morrison intelectual, lírico y salvaje, que busca explorar la espiritualidad
por medio de la introspección en sus viajes lisérgicos y las sesiones de
peyote. Sin embargo el tipo perspicaz, simpático y profundo se ve convertido
demasiado pronto en un sociópata desenfrenado, víctima de las drogas y el
alcohol; Jim Morrison, el artista, es reemplazado por Jimbo, el ebrio
peligroso. La desnaturalización del personaje se presenta demasiado pronto, de
manera brutal y exagerada. En una
entrevista Manzarek diría –Jim con una
botella todo el tiempo, eso es ridículo…no era sobre Jim Morrison, era sobre
Jimbo Morrison, el ebrio. ¿Dónde estaba el poeta sensible y gracioso?, el amigo
que conocí no era el que aparecía en la pantalla-. Krieger comentó que se
habían dejado muchas cosas fuera, pero que en resumen la película estaba bien
dirigida. Densmore, en su libro The Doors, señala que Stone le hizo mucho daño
a Morrison, el poeta, y que más de la tercera parte no correspondía con la
realidad. No obstante, pese a las imprecisiones históricas, se trata de una
buena película que, es cierto, no dejará una sonrisa en los fieles más devotos
de los Doors, pero que como pieza cinematográfica es admirable en casi toda su
extensión.
Fiel a la historia
El formato para hacer una
película sobre The Doors era el documental, Tom DiCillo, conocido por películas
cómo Living in Oblivion (1995) y Delirious (2006), presentó en el
festival de Sundance 2009, When You`re
Strange, en veinte años como director de ficción, su primer documental era
aclamado por la crítica. No es para menos, se trata de la película definitiva
de The Doors, que además reivindica y humaniza al Morrison del mito de Oliver
Stone. En la producción estuvieron involucrados los miembros vivos de la banda,
además de Paul Ferrara, quien cedió a DiCillo material de archivo de American Pastoral y del corto Dionysus, trabajo universitario que
filmó con Jim durante sus estudios en la Universidad de California.
La narración debía estar a la
altura. Jhonny Depp, que ha confesado pasión por los Doors, nos cuenta la
historia de la banda que ama; además de autenticidad, hay emoción y
sentimiento. El trabajo de edición, por otro lado, parece cortado por la pluma
de la poesía, la acertada selección de imágenes y su rítmica cadencia nos lleva
al pasado a través de los senderos de la música, y aquella realidad parece
convertirse en un recuerdo.
Desde el comienzo se percibe una
película de calidad, basta con ver la primera toma de aquel sujeto de cabello
largo y frondosa barba conduciendo un Mustang GT500 a través del desierto del
Mojave, para darse cuenta de que uno está por presenciar un filme de alto
calibre. La secuencia es del American
Pastoral, Morrison maneja un muscle car, cabello al viento, con una mano en
el volante y la otra en una lata de cerveza que raudo se termina; de pronto la
radio cromada de aquella hermosa máquina azul empieza a narrar el reporte original
de la muerte del piloto –Goodbye Jim,
we`ll miss you-, un collage de imágenes de los Doors, al compás de un
crescendo como el de A Day in the Life nos introduce de lleno en la cinta,
Jhonny Depp empieza a narrar el brillante guión.
Hijo de un comandante de marina,
a los dieciséis James Douglas Morrison ya había leído a Nietzsche, Baudelaire,
Rimbaud y Blake. La adolescencia es narrada con imágenes prestadas del archivo
familiar. Su obsesción por Elvis despierta el gusto por la música y ya empieza
a perfilarse como un artista transgresor, pero lo suyo es la poesía. When You`re Strange no solo es la vida
del cantante de los Doors, pretende abordar a la banda en su conjunto. DiCillo
hurga en la juventud de Ray Manzarek, un organista de cámara con preferencias
por el jazz y el rhythm and blues, que estudiaba cine en la misma clase que
Morrison. Juntos forman The Doors. Ray convence Robbie Krieger, que tocaba
flamenco, de unirse al proyecto y este a Jhon densmore, percusionista experto
en jazz contemporáneo. Era la fórmula del éxito, la técnica, el talento, el
contexto y un compositor de canciones que más que un chamán, era un poeta.
Material inédito de la banda
acompaña los triunfos y las crisis, el frenesí del sexo, las drogas y el
alcohol, pero más que eso el director profundiza no en el Morrison de los
excesos, sino en la psicología del escritor atormentado y desafiante, en el
lado oscuro de un intelectual que aborrece la fama, pero que se ve embriagado
por la exposición. Expone al artista enamorado de la soledad, que siente latir
las heridas del mundo y que vive la celebridad como un burdo teatro, como una broma
del destino que estoicamente ha de soportar. Morrison no se ve como un
cantante, describe su voz como -los
gritos de un enfermo-. Lo cierto es que pese al despliegue de energía y su
afilado carisma, siente el temor de cruzar la delgada línea entre la
autenticidad y el circo.
Vemos a un Morrison jovial, bailando
con niños, sonriendo a las chicas con inmoral inocencia. La leyenda del
autodestructivo dios del rock`n roll queda desmitificada por algo más noble: la
realidad del hombre sensible que ama demasiado un mundo que no se puede amar. -Peligroso
e inteligente, inocente y profano- ese es Jim Morrison con todos sus egos, como
el Rey Lagarto, Jimbo o Mr. Mojo Risin. When
You`re Strange tiene el halo que tienen las canciones de The Doors,
místicas, universales, inmorales, profundas y bellas. Son la armonía de un caos
nacido de un monstruo ancestral que consume conciencias y devora poderes, que
viaja entre las puertas de la percepción mordiéndose la cola, es el dios-reptil
de la conciencia creadora.
El concierto de Miami de 1969 fue
el principio del fin, los cargos por masturbación simulada, ebriedad pública,
blasfemia y exhibicionismo significaron para Morrison el último ataque del
sistema con el que tendría que lidiar. Si bien el problema judicial no fue
determinante para que Jim se distancie de los Doors, de algún modo fue razón
suficiente para decidir su alejamiento de la exposición mediática. En 1971
edita su antología poética American Prayer y ese mismo año aun con el juicio
pendiente, viaja con su novia Pamela Courson a Paris donde se dedica a dar
largos paseos, a la soledad y la poesía.
Esta parte final de la vida de
Morrison es un logro mayor del documental, un montaje sencillo pero de melancolía
apabullante nos lleva hacia el final –una noche después de haber bebido, Jim
dice que no se encuentra bien-se da un baño-. Después de llamar a Pam -¿Estás ahí todavía?-Muere en la bañera.
Dijo alguna vez –un amigo es alguien que
te da total libertad para ser tu mismo- al contrario del amor, la amistad
trasciende las fronteras de la muerte, la libertad se extiende más allá de
puertas infinitas. Cuarenta años después Jim Morrison fue encontrado inocente
de todos los cargos.
Oso de Oro en el Festival de Cine
de Berlín 2012, retorno triunfal de dos directores en más de veinte años, dos
hermanos que suman casi dos siglos, nóveles actores presidiarios, y por si
fuera poco, Shakespeare. Paolo y Vittorio Taviani (Allonsanfán, Padre Padrone,
Kaos), octogenarios veteranos de decenas de película del cine italiano, vuelven
para demostrar que la edad no es sinónimo de nostalgia, que se puede vivir casi
cien años y asumir compromiso con los problemas de su tiempo. Su última cinta
no es evocadora, es más bien, revocadora de latentes y durísimos prejuicios.
“La libertad desenfrenada se
castiga con la desventura” decía el bardo inglés en La comedia de las
equivocaciones, la razón exige coherencia y mesura, pero la libertad es una
fuerza exótica que la traspasa. Las víctimas tienen nombres, aunque sus celdas tengan
números y sus camisas también. El alcaide de la prisión de máxima seguridad de
Rebibbia en Roma, y el director de una compañía de teatro proponen a los presos
la representación de Julio César, ninguno ha actuado antes pero no faltan
voluntarios para la audición, el confinamiento es un escape silencioso que
espera la oportunidad de gritar.
Mafiosos, traficantes de drogas,
asesinos, la mayoría purgando largas o perpetuas condenas, son seleccionados
para interpretar la tragedia del general romano, pero son novatos solo en la
ficción, antes han sido los protagonistas del hecho real que recrea la cinta.
Difícil hacer más delgada la línea entre documental y ficción: los mismos
actores, haciendo lo mismo en el mismo lugar, y siendo a la vez diferentes,
asumiendo sus personajes, pero conscientes de que también ellos son actores en
la trágica comedia social. La claridad del arte es dolorosa donde alumbra a la
enajenación de la violencia.
La estética no escapa a la
seducción teatral de la obra de Shakespeare, la alternancia entre el blanco y
negro y los instantes de color funcionan como el telón que en un parpadeo
cambia la escenografía, el humor, los tiempos. No hay más que elementales y
escasas posesiones en la cárcel, la economía de recursos cinematográficos es
una lección de elegancia, sobriedad y coherencia con la representación. Como lo
hiciera Bergman, los Taviani analizan la diferencia entre el arte del cine y el
teatro, borrando sus fronteras al punto en que resulta complicado decir cuando
los actores están declamando sus papeles o el guion. No hay otro escenario para
la ficción que la misma realidad.
Los ensayos son la trama misma de
la obra, que sin avisar se va desarrollando con una intensidad que excede los
límites de la prisión. No hay actores profesionales, todos son los mismos reos
que participaron de la exitosa puesta en escena que sustenta la película. Sobre
ellos no hay nada que se ponga en evidencia más que sus crímenes, es a través
de los personajes que encarnan que son expuestas sus tribulaciones. Finalmente,
es una doble representación donde César, Bruto, Casio y los demás son también
prisioneros de Roma, del honor, la libertad y sus ambiciones personales; el
mismo dolor y compromiso que asumen los actores; y de pronto los muertos están
vivos y los prisioneros libres en una mágica extrapolación del teatro
shakespeariano.
La fuerza emocional del filme
solo es comparable a su inteligencia, y es que la tragedia de Julio César tiene
como eje los mismos problemas políticos, psicológicos y morales de la
civilización desde aquellas 23 puñaladas del 44 a.C. la lucha por la libertad
opuesta a los medios para conseguirla, defenderla o restringirla, y sobre quien
tiene el poder de dispensarla. En este sentido la película es actual,
provocadora y artísticamente virtuosa, no solo al atacar las evidentes fallas
del sistema penitenciario que deshumaniza en vez de rehabilitar, sino en su
crítica sobre los límites del poder, el honor y el sacrificio. Más importante
aún, de la reivindicación de la libertad inherente al ser humano y del arte
como revelación de esa verdad. En palabras de Cosimo Rega, convicto que
interpreta a Casio “Desde que he conocido el arte mi celda se ha convertido en
una prisión”.
De aquí nace una interesante
objeción moral: el contacto con el arte a través de la obra ha despertado en
los reclusos consciencia de una prisión superior a las paredes de su celda
material. Sin embargo, no solo hay dolor en la frase de Rega, hay una
comprensión implícita de la libertad y una evidente rehabilitación que pone en
jaque la cadena perpetua que purga. César debe morir para que otros puedan ser
libres y su sacrificio involuntario encierra la paradoja sobre quien está por
encima de libertad para dispensarla o protegerla. Queda expuesta la gran
contradicción del Estado, pero lejos de las afiladas disquisiciones políticas y
morales, está la verdadera libertad que triunfa cuando el hombre rompe sus
propias cadenas.
No existe la certeza de nada más irrefutable: discutamos sobre Dios, el
sentido de la vida o el amor y todos dejarán más dudas de las que podrán
resolver; hablemos sobre los Stones y la realidad será entonces, como la
primera frase de este párrafo, una de las pocas verdades absolutas de la
tierra. Si Los Beatles (sin duda el
grupo más legendario) fueron el Cristo del rock y el pop, los Stones, sus
satánicas majestades, fueron el anticristo
de una época cuya simpatía por el diablo comenzó a romper con todo lo
establecido, a lograr urgentes cambios. Los Stones siguen siendo la banda
sonora de la película del último medio siglo, el más importante quizá, de la
historia de la humanidad.
Mick Jagger dijo alguna vez que el espíritu de los Stones, vivía en los
escenarios, como el de los Beatles en sus discos. Nada más cierto, es a partir
de esta premisa que nace la sólida relación de la banda con el cine. En sus
primeros años de fundación, más que su música, llamaba la atención de la prensa
y comunidad londinenses la apariencia rebelde y la inmoral descarga de energía
de los conciertos de una banda que se perfilaba peligrosa para el status quo. Charlie is my Darling (1966) de Peter
Whitehead, fue la primera película de los Stones, un documental que capta
precisamente la polarización de jóvenes y adultos frente a un grupo que para
unos representaba libertad y para otros el caos y el comienzo del fin de la
sociedad que conocían.
Son entrañables los momentos espontáneos en que Jagger, Richards, Jones,
Watts y Wyman bromean, discuten e improvisan con la candidéz de unos muchachos
en sus tempranos veinte años. No obstante ya se muestran como músicos maduros.
El director tiene la suerte de filmar al grupo en el año en que con Aftermath,
su primer álbum de temas enteramente originales, logran el estilo propio que
los definiría en adelante. Brian Jones dice “estoy satisfecho con lo que
hacemos” y es algo que se refleja claramente en los demás. La explosividad de
sus conciertos, como lo demuestra este primer testimonio cinematográfico, lejos
de disminuir ha crecido hacia una espectacularidad incomparable. Otro aspecto
interesante que no se repetirá en futuras cintas será el escaso protagonismo de
Jagger y el acierto de mostrar a la banda, en lo que a imagen se refiere, como
un todo. Una de las últimas escenas muestra a Richards y Jagger improvisando
una digna parodia de Elvis en Are you lonesome tonight?.
Francia, mayo de 1968: los jóvenes se convierten en un movimiento
socio-cultural capaz de enfrentar a la creciente sociedad de consumo promovida
por los medios masivos de comunicación; con los gobiernos de occidente puestos
en jaque y los Rolling Stones, Beatles, Bob Dylan, entre otros, como ídolos
musicales de la contracultura puesta en pie de guerra, Jean-Luc Godard dirige Sympathy for the Devil. Originalmente
titulada One plus One, la película aborda
diversos temas en una narrativa principal algo complicada debido al caracter
interpretativo de los mensajes y la edición, que aunque brillante, resulta enrevesada
a la hora de exponer tal número de materias y preguntas subjetivas. Se trata de
un filme de doble género, por un lado el rockumentary, en las escenas en que
salen los Stones grabando Sympathy for the Devil; por el otro una reflexión
socio-filosófica de los problemas de la época y el papel de sus protagonistas
(jóvenes, intelectuales, revolucionarios).
El concierto gratuito de los Rolling Stones en el Hyde Park de Londres
reunió a 650 mil personas, el evento musical más grande que había visto el
mundo hasta la fecha fue capturado por Ju Durden y Leslie Woodhead en Stones in the Park (1969). De altísima
calidad, es uno de los mejores documentales sobre la banda y compone además un
inapreciable retrato del espíritu de los 60. Destaca por su sencillez: tomas de
la banda tocando, momentos íntimos del grupo, entrevistas a los personajes de
la calle y a un Mick Jagger que parece un anticristo idealista. “Un concierto
no solo se trata de salir a entretener y tocar música, sino de compartir con el
público un sentimiento común, de tomarse las manos todos juntos y bailar
alrededor de ese sentimiento” dice Jagger, visiblemente afectado por la muerte
dos días antes del guitarrista, fundador del grupo y amigo, Brian Jones; a él
le dedica, en uno de los momentos más emotivos del concierto el poema de Percy
Bysshe Shelley, Adonaïs, una sentida elegía recitada en
el silencio de más de medio millón de fanáticos.
Esta sería también
la primera aparición en vivo del reemplazo de Jones, Mick Taylor, ex
guitarrista de John Mayall and the Bluesbreakers. De las entrevistas a quienes
asistieron al evento se desprenden dos mensajes claros respecto a los Stones y
que explican la tremenda simpatía de su legión de seguidores: -los Rolling
Stones son como nosotros, solitarios y forasteros- y que –al contrario de los
Beatles y otras bandas son anti stablishment-. Los Stones eran todo lo que no
debían ser y triunfaron. Entre el público de viejos rockeros y nuevos hippies
aparece un joven Paul McCartney confundido entre la multitud disfrutando del
frenesí musical de la banda más salvaje del mundo.
Tras tocar los
mejores temas de su último álbum Beggars Banquet, el primero de sus cuatro
discos leyenda, se despiden tocando Sympathy for the Devil con una banda de percusionistas
africanos en un apoteósico final que deja en claro que la historia continúa
ajena al curso de la vida. La presentación del 5 de julio de 1969 quedó
registrada como una de las más sentidas e históricamente más importantes del
grupo, fue transmitida más adelante por la televisión británica con una gran
respuesta. Ese mismo año graban Let it Bleed, disco que cuenta con
composiciones del fallecido Jones y el recién llegado Taylor que sería otro
éxito mundial. Con este álbum emprenderían una nueva gira por Estados Unidos de
donde saldría un nuevo trabajo cinematográfico.
Gimme Shelter (1969) se basaría en otro memorable concierto de
los Stones, solo que esta vez menos afortunado que el anterior. Dirigido por
los hermanos Albert y David Maysles, el documental recoge imágenes de la gira
del Let it Bleed por Norteamérica, rotundamente exitosa aunque finalmente
enlutada por la tragedia de Altamont. Tres partes componen la cinta: la
grabación de algunos temas de su próximo disco, donde se muestra el proceso
creativo de la banda, sus ratos de ocio, bromas y actitudes personales; la
serie de exitosos conciertos acompañados por Ike y Tina Turner y el fatídico
concierto. El 6 de diciembre de 1969 llegaron hasta California 300 mil personas
de todos los rincones de Estados Unidos para lo que prometía ser el nuevo
Woodstock. La riqueza de este material la constituyen los personajes de una
década que no volverá, la psicodelia y el consumo de toda clase de sustancias
psicotrópicas estaba en el punto de quiebre entre el “paz y amor” y el
descontrol que llama a la violencia y esa línea, claro, se rompió.
Según la filosofía de las drogas (inalterable hasta hoy) no es suficiente
con pasarlo bien porque siempre puedes pasarlo mejor, solo hay que sazonar el
momento con dos o tres pastillas, unos polvos, hierbas, o esos hongos que no
suelen usarse en la cocina. La gente de Altamont, fieles a sus convicciones,
decidieron pasar de la teoría al empirismo tal vez demasiado pronto, la lucidéz no era la condición general, se
había escondido en botellas de cerveza y cigarrillos que no eran de tabaco.
Desde muy temprano tocaron Crosby, Stills, Nash and Young, Santana, The
Flying Burrito Brothers y Jefferson Airplane. Fue con estos últimos que inició
el desbande. A Recomendación de los Grateful Dead, los Stones contrataron para
mantener el orden a la mundialmente conocida banda de motociclistas renegados
los Hells Angels, seguro teniendo en cuenta que estos ya habían actuado como
seguridad en el Hyde Park de Londres sin ningún problema.
Con Jefferson Airplane empezaron
los disturbios, entre la enajenación del tumulto y la confusión general el
cantante Marty Balin fue noqueado por un Ángel del Infierno en el escenario,
luego de este incidente los Grateful Dead decidieron cancelar su presentación.
Entre innumerables disturbios, tres partos, tres muertes accidentales y muchos
evacuados por las sobredosis llegaron los Stones como acto final. La situación
era insostenible, fue un concierto accidentado, con Jagger llamando a la calma
a cada instante y dentro de una atmósfera tensa, visiblemente incómoda para el
grupo. La tragedia se consumó cuando Meredith Hunter, un joven de color, sacó
un revólver con intención de dirigirse al escenario siendo interceptado por un
Ángel del Infierno que lo apuñaló repetidas veces ocasionándole la muerte, todo
fue captado en la película. Denme refugio (Gimme Shelter), era la sensación de
los Stones tras el fatídico hecho que puso fin a una serie de exitosas
presentaciones. La cinta es la fotografía de una época, que compone, junto a
Stones in the Park, dos visiones diferentes de un mismo contexto histórico, la
estadounidense y la europea.
En 1972 la banda se encontraba en el punto más alto de su talento creativo,
editan Exile on Main Street, su mejor álbum hasta hoy, ya icónico en la
historia del rock. Vuelven a los Estados Unidos, esta vez en su mejor momento y
más salvajes que nunca. De esta nueva gira nace Cocksucker Blues de Robert Frank, fotógrafo de la banda que también
realizó la portada del Exile. Debido a su contenido calificado de “demasiado
obsceno” nunca fue estrenada formalmente, solo pudo conseguirse un permiso para
presentarla una vez al año en el cinematógrafo de Londres. Estamos ante un
híbrido entre documental y ficción, todo el material de los Stones es original,
sin embargo para determinadas escenas se utilizaron actores desconocidos.
Sexo, drogas y Rock`n Roll, de esto trata la cinta, de cuando el desenfreno
y la genialidad se encuentran en su máxima expresión y caminan juntas de la
mano hasta que inexorablemente se agarren a trompadas. Groupies inyectándose
heroína, fornicando en el avión, el aburrimiento en los hoteles, la explosión
en los conciertos, todo esto es presentado sin una línea argumental o narrador,
es más como un collage de imágenes grabadas para matar el tiempo. De Cocksucker
Blues podemos rescatar imágenes que se graban indelebles en la memoria: Jagger
jalando cocaína de un cuchillo antes de salir al escenario, Richards tirando un
televisor por la ventana de un hotel y los cameos de Truman Capote y Andy
Warhol, ambos amigos de la banda.
Exile on Main Street, no solo había elevado a los Stones a la condición de
arquitectos del Rock`n Roll, los consolidó como la banda que daba las mejores
presentaciones en vivo del mundo, Ladies
and Gentlemen: The Rolling Stones (1973) da fe de este gran momento
interpretativo. Rollin Binzer dirige un concierto atípico, alejado de la
explosión de luces, colores y la teatralidad característica, para crear una
atmósfera más íntima y obscura, justo como la del Exile on Main St. Editada a
partir de dos presentaciones en Fort Worth, Texas, este concierto ocupa, sin
duda, el primer lugar de cualquier lista de los Stones.
En los noventa minutos de duración la cámara está enfocada casi todo el
tiempo en Jagger y no es para menos, ha de ser el mejor frontman y uno de los
mejores vocalistas de la historia; Taylor se encuentra en su mejor condición
técnica, y junto a Richards, los Stones tienen dos guitarristas capaces de igualar
las presentaciones de virtuosos como los de Led Zeppelin o Cream. Hay que
resaltar la magnífica edición en cuanto a tomas y canciones, que logran el
equilibrio perfecto entre el sentimiento del blues y la rebelde locura del
rock. El público se muestra solo pocos segundos, la banda parece tocar para si
misma, enfrentando un mar de oscuridad infinita, la iluminación es escasa y
solo para ellos, que encienden con su música el lugar. Un concierto increíble
que provoca viajar en el tiempo y no regresar jamás.
La adicción a la heroína de Richards y el afán protagónico de Jagger
produjo enfrentamientos en la banda, tensión superada en los estudios y que
produjo exitosos discos, que no obstante, no superaron la altísima vaya de sus
trabajos anteriores. En los escenarios la situación era distinta, nada había
cambiado, por el contrario, sus presentaciones mostraban una banda sólida y con
más energía que nunca. De vuelta en Fort Worth, Texas y en plena explosión del
Punk y el Heavy metal, los Stones regresan para demostrar que siguen más
vigentes que nunca con Some Girls (1978),
concierto dirigido por Lynn Lenau, que forma parte de la gira del álbum del
mismo nombre. Tres años atrás Mick taylor había dejado la banda, su reemplazo
desde 1975, Ron Wood, ex Faces, se acopló de inmediato dándoles una dosis de
actitud y talento que solo elevaron al grupo a otro nivel de espectacularidad,
Some Girls es la viva prueba.
Una carga fuerte carga sexual domina este concierto, los stones son una
fuerza animal que fornica multitudes. El arranque sin piedad deja sin aliento
al público, hoy, frente a la pantalla es posible revivir la misma sensación.
Puro y duro Rock`n Roll, los temas bluseros dieron paso a explosivas canciones
de riffs demoledores con una carga cinética imparable como Shatered, When the
whip comes down o Star Star. La química entre Jagger, Wood y Richards da a esta
presentación y a todas las posteriores una proyección lúdica y aún más desenfadada
(si eso era posible). Los Stones retornaban con un tremendo disco y una actitud
atemporal que comenzaba a unir generaciones, su público ya fueran adolescentes,
viejos o adultos son siempre jóvenes, como atestigua esta cinta, reunidos bajo
el símbolo de La Lengua que ya es símbolo de la inmortalidad y el legado
imperecedero del rock. La versión remasterizada de Some Girls fue estrenada en
la cartelera nacional este año para deleite de todos los peruanos.
De esta etapa se desprende otro gran concierto, Let`s spend the night together (1982) de Hal Ashby. Hace ya treinta
años esta cinta presentaba un formato de homenaje a los Rolling Stones, podemos
intuir que el director y porque no, el mundo entero jamás imaginaron que la
magia duraría hasta nuestros días. Nuevamente un escenario americano, esta vez
Arizona, vibraría con otra inigualable velada musical. La variedad del
repertorio es el punto fuerte de este filme, que tiene lo mejor de cada etapa
de los ingleses: clásicos de su juventud con Brian Johnson, el country/blues de
los setenta y el nuevo sonido funky/rock del Some Girls.
Se dice de los estadounidenses que son muy exagerados en cuanto a pompa se
refiere, nada más cerca de la verdad. Este concierto no escatima recursos en
deslumbrar al público con toda clase de artificios y números preparados para
determinadas canciones. Como siempre, los Stones derrochan una potencia
inagotable demostrando que el espíritu del rock`n roll es siempre joven. Las
canciones se encuentran alternadas con breves imágenes del grupo en sus inicios
y algunas entrevistas a Jagger, Richards, Watts y Wood. Un concierto
imprescindible, una fiesta sin igual que deja satisfecho a quien puede
revivirla a través de la pantalla.
Nueve años más tarde los Stones seguían tocando contra todo lo que las
leyes de la probabilidad y la naturaleza humana suponían. En lo personal,
salían de una situación crítica en los estudios producto del deterioro de sus
relaciones personales. Dirty Work y Undercover no habían sido los mejores
discos. Steel Wheels de 1989 significó su retorno al éxito comercial y una
nueva gira mundial que llegaría al cine de la mano de Noel Archambault, Stones At the Max (1991) marcaría una
nueva etapa del en música e imagen. Sorprende ver a los Stones con el cabello
corto por primera vez, muy señores, con un cambio de estilo pero no de actitud.
At the Max recoge las presentaciones del tour en Berlín y Londres, todo en
aquella gira fue ciclópeo: desde el escenario, las enormes figuras inflables y
fuegos artificiales hasta el talento de la banda y la orquesta que acompañaba
las canciones. Otro deslumbrante concierto esta vez filmado en IMAX, el hoy tan
publicitado formato, que mostraba a los Stones en toda su magnitud, diez veces
su tamaño en relación a la película normal de 35mml.
Un fantasma del pasado volvería en 1996, The Rolling Stones Rock`n Roll Circus de Michael Lindsay-Hogg,
grabado en 1968 para la televisión británica, jamás estrenado, que permaneció
olvidado en los almacenes de un estudio clausurado por décadas. Entre las
principales preguntas sin respuesta del hombre, como porqué estamos aquí y cuál
es el sentido de la vida, debería añadirse porqué semejante joya permaneció
oculta cuarenta años en la más infame ignominia. Grabado originalmente para ser
trasmitido como un especial de navidad a modo de promocionar el Beggars
Banquet, Rock`n Roll Circus reune a una constelación de jóvenes estrellas que
hoy son veneradas como parte del espíritu de una década prodigiosa para la
música, aquí están muchos de los protagonistas que lo cambiaron todo. El marco
es el de una sátira circense, con acróbatas, tragafuegos y enanos reales, los
Stones como directores del circo presentan una a una a las bandas de atracciones
de carpa que habrán de entretener al público.
Los Jethro Tull, con Tommy Iommi (futuro Black sabbath) son el primer acto,
porque tocar la flauta traversa y cantar saltando en un pie en la banda que
sería el padre del rock progresivo tiene que impresionar a más de uno, primero
al pequeño público del circo, después al mundo. Tremendos. Segundo acto: The
Who, con tres increíbles discos a cuestas y My Generation en camino, hacen lo
que tienen que hacer, espectaculares, no hay que decir más. Tercer acto: Taj
Mahal con toda la actitud que le precede hasta hoy. Cuarto acto: Marianne
Faithful, en ese entonces novia de Jagger, con una balada que congela el
corazón.
Quinto acto: La legendaria Dirty Mac, el supergrupo compuesto por John
Lennon, Keith Richards, Eric Clapton y Mitch Mitchell de The Jimmi Hendrix
Experience. Tocan Yer Blues, la mejor versión de esta canción jamás realizada,
tal despliegue de talento resulta indescriptible y produce ese sentimiento que
solo asoma al contemplar el arte en su expresión más sublime; luego viene Whole
Lotta Yoko, un jammin blues con la participación del violinista Ivry Gitlis,
que con su Stradivarius de 1713 impone toda la clase que hace falta. Esta sería
la primera presentación de Lennon como solista fuera de los Beatles. Los
Rolling Stones son el acto final, en una presentación fantástica con
premonición de elegía, pues será el último concierto de los Stones con su
formación original, también la última presentación en vivo de Brian Jones, que
moriría trágicamente meses más tarde. Rock`n Roll Circus es imprescindible para
quien aprecie la música en cualquiera de sus formas.
Sobre la muerte de Brian Jones, el parte policial concluyó que había sido
un accidente, según el testimonio de su enfermera, él se encontraba drogado y
pasado de copas cuando a media noche se le ocurrió nadar en su piscina donde se
ahogó presuntamente por un desmayo. No se encontró rastro de estas sustancias
en su cuerpo. Stoned (2005) de
Stephen Wolley reproduce los últimos días del músico a partir de una supuesta
confesión de su asesino, Frank Thorogood, en su lecho de muerte en 1993. Jones
era un hombre complicado más allá de lo que cualquier director podría suponer,
así que no estamos ante la película definitiva sobre el fundador de los Stones,
pero si ante una aceptable ficción que en lo argumental podría estar bastante
cerca de la realidad. Hay un punto débil y es el protagónico algo sobreactuado
que hace de Jones una especie de excéntrico decadente e inmoral, pero que más
que un tormento como suele pasar con las estrellas de rock, aquí parece como
una condición autoimpuesta y forzada para elevar al personaje a un estatus
místico. En suma una película interesante, pero si se quiere tener una visión
real sobre Jones mejor remitirse a los documentales, conciertos y bibliografía.
Tenía que llegar tarde o temprano, primero fue Bob Dylan, con No Direction
Home (2005), que Martin Scorsese decidió que era hora de juntar su gusto por la
música y su talento para el cine. Solo había que hacerse la pregunta sobre qué
vendría luego ¿Stones o Beatles?, Serían los Stones con Shine a Light (2007) y
luego los Beatles con Living in the material world (2011). Entre documental y
concierto, Shine a Light es la cinta definitiva sobre la atemporalidad de los
Stones. Las breves imágenes de archivo periodístico que salpican la
presentación demuestran que la banda lleva cinco décadas sin envejecer un solo
día, el tiempo no perdona la apariencia pero es un mito que merme el espíritu,
los Stones podrían ser sujetos de prueba para la demostración científica de
esta teoría.
La meticulosidad de Scorsese contrasta con el estilo improvisado y juvenil
de la banda que prepara su lista de canciones a última hora, se atreve a dar consejos
sobre iluminación y escenografía y hasta sugiere al director poco ortodoxas
ubicaciones de cámara. El concierto inicia con un Scorsese al borde del colapso, que sin el el orden de
los temas en la mano, no ha posicionado bien sus cámaras y se obligado a
improvisar, es la magia de los Stones, con ellos nada es predecible. El
arranque es brutal y de una calidad musical impecable: Jumpin Jack Flash,
Shatered, She Was Hot. También habrán invitados de lujo, Jack White canta con
Mick Jagger Loving Cup con un sentimiento y veneración expuestos sin vergüenza,
sueño cumplido.
Luego vendría otro gigante, Buddy Guy, uno de los mejores bluseros vivos
para tocar Champagne and Reefer en uno de los puntos más altos del concierto,
esta vez la reverencia va hacia él, al terminar, Richards le obsequia su
guitarra. Continúan las canciones y las excelentes tomas llenas de
espectacularidad y color, Cristina Aguilera interpreta con ellos Live with me.
Entre el público de todas las generaciones se dejan ver Bruce Willis y Benicio
del Toro disfrutando como anónimos de la que seguramente es su banda favorita.
El concierto continúa emotivo, salvaje y crudo hasta el final. En una de las
entrevistas a Jagger en su juventud se le pregunta: ¿Te imaginas haciendo esto
a los sesenta años?, -Si, definitivamente- este año Mick cumplió 69 y los
Stones preparan nuevo disco y una próxima gira mundial.
A propósito de la reedición de Exile on Main Street, con 10 canciones
inéditas, Stephen Kijak filmó Stones in
Exile (2010), documental que revive la grabación del álbum a través del
testimonio de sus protagonistas y cómo impactó en el rock y la vida de diferentes
músicos que explican lo que significa el disco para ellos. -¿Por qué ir a un
estudio?, podemos hacerlo aquí- Exile se grabó en Villa Nelcotte, en la Costa
Azul, al sur del Francia entre junio y septiembre de 1971. Los Stones huían de
Londres para evitar los elevados impuestos y tomar nuevos aires creativos,
estábamos “demasiado ingleses” dice Jagger, había que encontrar un nuevo
estilo. Exile es un trabajo experimental y tradicional a la vez. para conseguir
diferentes sonidos se aprovecharon los espacios de la casa de inusuales formas:
Jagger cantando en el cuarto de limpieza tras la puerta cerrada, Wyman tocando
bajo una escalera, la batería en la cocina, etc. Todo para hacer un disco country/blues
de la Norteamérica profunda, que le diría al mundo que los Stones hacen lo que
quieren, como quieren, cuando quieren y mejor que nadie, con un álbum que se
convirtió en el epítome de la actitud del rock`n roll.
En el punto más alto de su auge comercial sacan un disco sin éxitos pop, lo
que fue confuso para el público y la crítica que calificó el disco de mediocre.
La banda se había vuelto inclasificable y eso molestaba a mucha gente, transgredieron
la ley fundamental del sistema que dice “si es rentable has siempre lo mismo”.
Había la exigencia de pensar diferente, de cambiar la música, y se hizo, ir
contra el estándar de la industria musical. Los Stones se convertían en
artistas de feria, “freaks”, como los que componen la portada del disco, que en
el contexto (guerra de Vietnam, revolución cultural, política y sexual) sonaba
apocalíptico y fascinante; dice Richards –no es exactamente un trabajo
académico el de componer, sino algo que está pasando y se manifiesta- eso es
Exile, el grito de una época de cambios y no solo por eso es el mejor disco de
los Stones, sino por su violencia, pasión, nostalgia y la calidad de unos
músicos que se encontraban en el mejor momento de sus vidas.
Mick Jagger y Keith Richards en el cine
No sorprende que la personalidad de Jagger y su experiencia casi teatral en
los conciertos lo haya puesto en el ojo de más de un director en sus cinco
décadas de carrera. El primero en notar su potencial fue Nicholas Roeg, quien
trabajaba en su opera prima, Performance (1970), que también sería el primer y
mejor papel de Jagger en el cine, con una actuación destacada. El resultado fue
una película cuya complejidad debía destinarla al más rotundo fracaso o
colocarla (como sucedió) en la categoría de obra de culto. Develar su trama
sería asesinar su encanto, sobre ella hay que hablar sin decir demasiado: alucinógenos,
gangsters y estrellas de rock. Filmada tres años antes, fue censurada por los
tribunales ingleses, exigiendo el recorte de las explícitas escenas de sexo,
violencia y consumo de drogas, tras una larga batalla Roeg no tuvo más que ceder,
aún así se logró una excelente edición, que finalmente no desmereció la cinta.
Performance es una de las grandes películas de la psicodelia compartiendo el
podio con Blow Up de Antonioni y El Topo de Alejandro Jodorowski, menos
conocida que estas quizá, pero igual de imprescindible. Roeg apostará por el
talento de otro músico siete años más tarde al trabajar con David Bowie en The
Man who fell to earth.
El mismo la voz de los Stones volvería esta vez con un protagónico en Ned
Kelly de Tony Richardson, la historia del irlandés héroe y forajido que se
levantó contra el injusto trato que el gobierno colonial australiano impartía a
sus compatriotas inmigrantes. Según la historia Kelly era un hombre
tremendamente rudo y masculino, a pesar de esta diferencia sustancial, la
actuación de Jagger es más que aceptable para ser un chico de veinte años con
apariencia mucho menor y características físicas lejos del prototipo de un
hombre brutal. Además el rockero interpreta canciones para la película, que
junto a la música de Waylon Jennings, ícono del country, hacen de la cinta una
balada folk traducida al cine. Evocativa, con una bella fotografía, que evoca
la vida del campo en las praderas australianas, Ned kelly no es la versión
definitiva sobre el personaje histórico, pero si una buena película que se deja
disfrutar y de la que se pueden rescatar escenas memorables, como la de Jagger,
revolver en mano, enfrentando una lluvia de balas enfundado en una rústica
armadura de metal, como una versión primitiva de Iron Man.
Ambas películas constituyen el mejor momento del músico en el cine. Running
out of luck (1987) y Freejack (1992) serían trabajos menos afortunados que
duramente alcanzaron una calificación regular. En 2007 Keith Richards haría su
aparición como actor en la cinta de Gore Vervinski, Piratas del Caribe: en el
fin del mundo, su apariencia de tipo duro lo llevaría a interpretar el papel
del Capitán Teague, lider de todos los piratas, que repetiría en Mareas
misteriosas, de la misma saga en 2011. Además los Rolling Stones han prestado
sus canciones para innumerables filmes, documentales, series, especiales de
televisión y hasta juegos de video. Solo por citar algunos: Los Infiltrados, Casino y Buenos Muchachos
(Scorsese), Zabriskie Point (Antonioni), Apocalipsys Now (Coppola), Miedo y
Asco en las Vegas (Terry Gilliam), The Royal Tenenbaums (Wes Anderson), El
Luchador (David O. Russell) y series como: Los Sopranos, CSI, Lost, Doctor
House, y los Simpson.