Avengers fue la sorpresa más
grande del cine comercial de la última década, un proyecto tan ambicioso que
muchos pensaron estaría condenado al fracaso. No fue así. Con la última
producción de Marvel las películas de superhéroes se consolidan como un nuevo
género. Era necesario un cambio de concepto que no solo percibiera a las
adaptaciones de cómics como historias para hacer dinero, sino como un arte que pudiera
ser llevado al cine para ofrecer más que entretenimiento, calidad y dimensión
artística.
Las grandes productoras de
superhéroes, Marvel y DC, han comprendido al fin una idea elemental: recursos,
un guión inteligente y una buena dirección se imponen a la fórmula tradicional
del blockbuster musculoso y sin cerebro. Avengers reúne todas esas cualidades,
además de otra primordial cuando se trata de adaptaciones literarias: fidelidad
en los personajes, pasarlos del papel a la tercera dimensión sin deformarlos
para hacer que la cinta encaje en los esquemas de ventas de asesores
publicitarios. Y es que las películas sobre historietas no exigen demasiado al
cine, todo está en las viñetas, desde el guión, argumento, hasta las tomas y
escenas, solo se requiere la habilidad de un equipo capaz de trasladar ese
universo a la pantalla grande sin destruirlo en el intento.
No se puede pensar en Avengers
como un blockbuster más del montón como no se puede comparar al Señor de los
Anillos con Transformers. Existe una diferencia fundamental de enfoque y
objetivos, pensemos en Battleship (Batalla Naval) o John Carter, ambos estrenos
comerciales de verano que debían arrasar taquilla y que sin embargo fueron
rotundos fracasos. La diferencia está en la concepción, desde la selección del
director, guionista, reparto y los detalles hasta el respeto por el proyecto
que se tiene entre manos. El mejor cine no es el que sugiere al espectador
comprar un producto sino apreciar una idea, esa es la diferencia fundamental
entre un estreno taquillero de tantos y las películas dignas de admiración, que
por sus cualidades capturan a todos los públicos y claro, se convierten en
blockbusters millonarios.
Es la primera película en la
historia que reúne a protagonistas y reparto de sagas individuales, una idea
que por temeraria no era esperada con optimismo. Grande fue la sorpresa cuando se
hizo evidente que había que rendirse ante lo que resultó una gran película, un
clásico instantáneo que recuerda a los asistentes de todas las salas del mundo
que para reír, emocionarse y amar el cine, no es necesario ser un erudito del
cine independiente o un devorador de producciones millonarias. Por supuesto,
tampoco se trata de canonizar una película, que por momentos peca de ingenua o
que por exceso de comedia a veces merma el dramatismo restando intensidad,
lejos de aquellos defectos Avengers funciona como un reloj.
El destino de Los Vengadores y el
éxito de su misión recayó en Joss Whedon, director más conocido por su trabajo
en televisión para series como Buffy the Vampire Slayer, Angel o Firefly,
producciones quizá no muy brillantes, pero que en su momento regalaron un
entretenimiento legítimo que suplía las deficiencias argumentales. En Serenity
(2005) su experiencia en la pantalla chica se consolidó en un thriller de
ciencia ficción emocional e inteligente, que a fuerza de efectivos ganchos de
argumento y acción logra involucrar al espectador en la aventura. Una opera
prima en la que Marvel encontró al director con la capacidad de dominar las
fuerzas colosales de un proyecto sin precedentes.
Whedon es un maestro de los
tiempos y el ritmo narrativo, conoce la dinámica de la acción, sabe que más
allá de las tomas veloces una pelea no se resuelve en una edición de picadillo.
No solo es la técnica en las escenas de acción milimétricamente elaboradas la
que mantiene al espectador en su butaca durante más de dos horas sin siquiera
notarlo, es el momento: el uso del ritmo y el tiempo que conecta épicas escenas
de batalla con situaciones de intriga, tensión y humor. A esto se suma el
fantástico guión gracias a Whedon y su co-guionista Zack Penn (The Incredible Hulk,
X-Men II).
Es gracias a esos diálogos que el
universo de los vengadores cobra vida y se hace creíble al transcurrir del
metraje. Es como si ambos escritores hubieran leído y respirado historietas
durante años y luego no pudieran hacer nada más que plasmar en el guión toda
esa experiencia. De hecho, Whedon es un confeso coleccionista y lector de
cómics que ya venía trabajando con Marvel en algunas películas animadas y
guiones de videojuegos. En el argumento (tomado de las páginas de la primera
saga de Avengers, con algunos ajustes de personajes), los diálogos constituyen
la estructura que sostiene una historia más bien simple, que toma forma y
adquiere una dimensión más profunda en las palabras de sus protagonistas y cómo
se relacionan.
En lo estético Avengers es
infalible, desde montaje y vestuario hasta los efectos especiales que
evidencian equilibrio entre espectacularidad y mesura cuando se trata de
impresionar; queremos ver escenas grandiosas, claro, pero sin sufrir epilepsia
por confusión visual en el intento. Más importante aún, la edición: al fin
podemos ver escenas donde los actores golpean, se cubren, contraatacan, etc. y
apreciar sus movimientos, ver qué ocurre en las tomas y no solo imaginar que
está sucediendo detrás de esas imágenes confusas, como suele pasar con las
tomas de tres segundos a las que nos tienen acostumbrados las últimas películas
de acción.
La fuerza de Los Vengadores está
en sus personajes, en sus guerreros, pero también en sus enemigos, era
necesario un antagonista calificado para superar a los héroes en un campo más
allá de la fuerza. Loki, interpretado por Tom Hiddleston (Thor, Warhorse),
regala una malignidad entrañable, el Dios timador de la mitología nórdica, hace
del engaño un arte capaz de reducir con solo palabras a cinco superhombres y un
ejército de agentes especiales. A pesar de su divinidad, Loki tiene una
condición que lo humaniza, los delirios de grandeza, venganza, y su fracaso
final hacen imposible odiarlo, su maldad es el reflejo de la caricatura que a
veces somos todos los humanos.
Tal villano no podía dejar de
tener justicieros a su altura. Los
Vengadores son: Iron Man (Robert Downey Jr.), Capitán América (Chris Evans),
Hulk (Mark Ruffalo), Thor (Chris Hemsworth), Black Widow (Scarlett Johansson) y
Hawkeye (Jeremy Renner). Cada actuación superó a cualquiera vista en las
sagas individuales de los personajes, y es que no se trata solo de la calidad
interpretativa, el éxito de Avengers debe mucho a la psicología de los héroes
del cómic original. Su creador, Stan lee, se llevó los primeros créditos de
esta película hace más de 40 años.
La gran sorpresa fue el nuevo
Hulk de Mark Ruffalo (Shutter Island, Zodiac),
el gigante verde al fin encontró alguien que cupiera en sus zapatos. Su
furia destructiva es responsable de los momentos más intensos y graciosos de la
cinta, la voz de Hulk corre por cuenta de Lou Ferrigno, quien interpretara al
irascible sujeto radiactivo en la serie de los 80 y en todas adaptaciones
posteriores de Hulk. La decepción: la escasa profundidad Hawkeye, que pese a la
buena actuación de Renner, quedó como un añadido superficial, lo mismo pasó (en
menor grado) con Black Widow, no disculpamos el desacierto, pero quizá más de
tres horas habría sido demasiado.
Hay que destacar el trabajo de
Chris Evans, que tras su lamentable actuación como la antorcha humana en los 4
Fantásticos I y II, se redime con un Capitán América que no decepciona, menos
cándido, más sólido, con los rasgos del líder que debería ser, mejor que en su
propia cinta, aunque puede dar mucho más. El Iron Man de Robert Downey Jr.
supera las expectativas de una buena actuación para robarse la pantalla como el
mejor de los Avengers, su carisma y humor no tienen pierde. Thor, alejado del matiz
ingenuo de su primer filme, se presenta más curtido, Hemsworth da al Dios del
trueno el peso y el carácter que le hacían falta. Black Widow y Hawkeye
completan el equipo con actuaciones a la altura de sus pares.
Samuel L. Jackson, como Nick
Fury, jefe de Shield (Organismo internacional de defensa)
completa el reparto de estrellas de la cinta. Los Vengadores se ha posicionado
como la película de superhéroes con más recaudación de todos los tiempos,
superando a Batman: The Dark Knight Rises; ambas entre los mejores estrenos de
la cartelera comercial del 2012. En resumen, estamos frente a una película
infalible que podría dar inicio a una de las sagas más memorables del cine. Por
lo pronto Avengers II ya es un hecho, su director ha prometido una secuela más
dramática y oscura para el 2017.
La fotografía es el arte que captura
los fantasmas de la realidad; fantasmas porque la luz impresa en ellas es lo
que esa materia fue hace unos instantes y luego años, siglos
y finalmente ya no más, pero quedan. La concepción clásica del arte fotográfico
es la exterioridad, siendo esa idea relativa, dado que el entorno es
la suma virtualmente infinita de interioridades, es decir, de configuraciones
atómicas en escalas diferentes.
Lo diverso de estas
configuraciones es lo que otorga variedad a las formas observables. Bajo esta premisa el
juego de escalas se revela fascinante. Estrellas, humanos, libros y boletos de autobús
estamos hechos de los mismos materiales; la perspectiva solo depende del
observador y el alcance que tienen sus sentidos. El espectro de luz que capta el
ojo humano aún excluye la mayoría de colores existentes.
Los rayos X utilizados en las radiografías son ejemplo común y perfecto, y son los mismos
rayos que nos permiten buscar galaxias lejanas que de otra manera serían
invisibles al alcance de los sentidos. La fotografía también puede valerse
de esta extensión de las habilidades sensoriales para fines de investigación o
artísticos.
Las placas radiográficas no solo
revelan la estructura ósea y sus problemas, sino que a
través de la fotografía de las mismas se pone en evidencia un mundo de
incertidumbre propio de los caprichos de la luz. Vistos de manera aislada los
huesos parecen nebulosas, horizontes o llamaradas estelares, como una
fotografía del universo primitivo dentro del propio cuerpo humano.
Las escalas y materiales se
confunden, se agrupan por un instante y luego se dispersan para reconfigurarse en
seres y objetos diferentes: es la esencia de la muerte, la transformación de la
materia, presente como única constante que hace sospechar de la inmortalidad
del universo. Fascinante paradoja que debería maravillar en vez de atormentar
al ser humano.
Bajo este concepto, el fotógrafo
peruano Franco Guerra ha desarrollado esta obra original y de vastas interpretaciones.
En ella está implícita la lucha por la vida, el temor a la muerte y lo
inevitable pero deslumbrante a la vez del principio de transformación de todo lo que existe.
“Si aislamos el pensamiento perdido, el pensamiento pasajero, de origen
indiscernible, entonces empezamos a comprender que estamos desquiciados por el sistema,
que la locura es cotidiana”. Nueve son los cuentos completos de Don Delillo,
nueve relatos de locura que parecen más reales que ir a comprar el pan por la
mañana. La locura es cotidiana, también lo es la ficción que se superpone a la
realidad y que el autor sabe atrapar como cazador de lo invisible.
Entre 1971 y 2011, Delillo ha publicado novelas capitales de la literatura
estadounidense: Cosmópolis, Ruido de Fondo, Underworld, solo por mencionar
algunas. Que el Ángel Esmeralda se inscriba en esta lista de imprescindibles de
la narrativa americana. Momentos cotidianos imbuidos de terror, la certeza de una
amenaza entre cada minuto del reloj. No es que no suceda todo el tiempo, pero
en estos relatos es síntoma de algo mayor y siniestro, sin forma ni sentido.
Hay verdadero terror en sus cuentos, un dolor ancestral y primitivo que
acecha entre los pliegues de la ropa, una lamparilla, un vaso de agua que se
vuelca. Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial se halla entre los más
notables, donde entre incendios cuánticos una sudadera de basquetbol logra
imprimir un horror más allá de la muerte: el horror de la vida y la futilidad
de sus momentos.
Personajes vivos pero fantasmales, delusiones que se funden con la
realidad, la vida interior opuesta a la generalidad, y piadosos autoengaños
componen los ejes de relatos en los que sus personajes construyen mundos
propios a través de símbolos y conjeturas. Físicamente no sucede demasiado pero
empiezan a erguirse frágiles e invisibles estructuras que son el mundo vivo de
los personajes en la tierra que gira para nadie.
El orden cronológico de los relatos confirma la lucidez y vigencia del
autor, la transformación de las sociedades y sin embargo el mismo terror, algo
incrustado entre los dos hemisferios del cerebro humano. Hay que decirlo “nadie
escribe mejor que Don Delillo” en palabras de Paul Auster, frase que se dirá y
repetirá y que en los años por venir no perderá sentido.
-If
the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is,
infinite- (Si las puertas de la percepción fueran abiertas, todo aparecería
ante el hombre tal y como es, infinito) con esta frase de William Blake, Jim
Morrison dio vida a The Doors una tarde de verano de 1965. El grupo, como todo
lo bueno duró poco, pero lo suficiente para consagrarse como una de las bandas
más místicas y poderosas de la historia del rock. En 1971, su líder y
vocalista, Jim Morrison, cruzó las puertas de la percepción, pero su voz quedó
del otro lado del umbral, y aun nos rodea como la magia galopante que deja el
alma de los poetas muertos. –Soy el Rey Lagarto, puedo hacerlo todo- dijo él, y
en efecto hizo música, cine y poesía. El cine lo adoptó a él y a los Doors, el
poder de la música vive también en las imágenes, en el celuloide de los sueños
salvajes.
Cuando William Blake escribió El matrimonio entre el cielo y el infierno a finales del siglo
XVIII, percibía ya la realidad física como el producto de los filtros naturales
que la evolución, a través de los sentidos, otorgaba al hombre para asegurar su
cordura y el desarrollo de la razón; había que simplificar las variables de un
mundo, cuya ecuación era infinita. Casi doscientos años después Aldous Huxley
escribía Las puertas de la percepción,
donde narraba sus experiencias con la mezcalina, sustancia activa del peyote. De estos autores
se embebió Jim Morrison para dar vida a una banda que abriría las puertas de la
percepción, The Doors, más que una puerta, un símbolo, un umbral siempre
abierto que se cruza, si te atreves.
Hace cuarenta años que la voz de Morrison viaja
infinita, por el espacio y en la radio, en el silencio y en la quietud de la
muerte que a tantos inquieta, allí flota su voz, viva y sonora cuando nos
abandonan los sentidos, más suave y fuerte en las fronteras del sueño, más allá
de aquellas puertas viaja eterna hacia otras puertas más profundas. Fiel a las
profecías murió a los veintisiete años, como Jimi Hendrix, Brian Jones y Janis Joplin;
un tardío miembro del mismo club, diría –es mejor arder en un instante que
apagarse lentamente- Kurt Cobain también murió a los veintisiete. El destino
siempre ha sido caprichoso con la música, Morrison nació un ocho de diciembre,
fecha desde la que imaginamos un mundo sin John Lennon. De estar vivo, diría
que Dios es un humorista refinado de chistes encurtidos.
Si Jim Morrison no
hubiera nacido vocalista de una banda de rock, hubiera sido director de
cine. Estudió cinematografía en la Universidad de California (UCLA), no en la
misma clase, pero si en el mismo tiempo en que Coppola seguía ahí la misma
carrera. Morrison terminó el curso, pero no asistió a su graduación, para ese
entonces había perdido total interés por la industria cinematográfica. Me
aventuro a decir que hubiera sido un autor difícil, artista de la imagen, poeta
de lo prohibido. Prefirió dirigir sus propias películas en la imaginación, a
través de una poesía muy visual, simbólica; en los desiertos tormentosos de la
mente encontró un estudio de paredes como inacabables llanuras, donde por
cámara tenía los ojos de un ave que todo lo ve, y como director el alma
ancestral de un chamán reencarnado.
Pastoral
Americana
Después del concierto de Miami en 1969, casi en el
ocaso de los Doors y con un juicio encima por exposición indecente, entre otros
cargos, Morrison decide regresar al cine. Escribe el guión de HWY (highway) American Pastoral, película basada en sus propias
experiencias como viajero autoestopista, en la que asumirá el rol principal. Paul
Ferrara, fotógrafo oficial de la banda y amigo íntimo sería el director.
El guión que no ha de superar las tres caras está marcado por los símbolos
recurrentes en la poesía de Morrison: indios, arena, coyotes y asesinos,
desolación. Es la historia de un hombre perdido en el desierto, perturbado,
pero no visiblemente, sino por dentro, como un can salvaje, viejo, solitario,
herido y loco.
La película podría resultar inquietante para
algunos, pero familiar para los que conocen a Jim Morrison. Es un hitchhiker
(autoestopista) de largos cabellos y barba, su apariencia y el desierto abrasador
del Mojave, evocan a El Topo de
Alejandro Jodorowski. El filme transcurre entre largos silencios, de hecho el
único personaje parlante es el protagonista, y que no se entienda parlante como
muy hablador, sino como que tiene la capacidad de hablar y la usa solo cuando
es necesario, unos tres o cuatro diálogos, no más. La banda sonora no escapa al
exilio de lo convencional: ritmos tribales, sinfonías del blues al piano,
flamenco, Sinatra, Beethoven, y aullidos de animales, mucho ambiental. Si bien
Ferrara dirige la cinta, Jim Morrison se interpreta a él mismo y su personalidad
abarca todos los aspectos del film.
La dirección se caracteriza por
larguísimas tomas abiertas, del desierto, los vecindarios de la costa este, la autopista,
la ciudad. El hitchhiker se convertirá en un asesino de carretera, para
finalmente confesar su crimen por teléfono a un desconocido (el poeta Michael
McClure) –it`s not big deal- dice, y
se pierde en la luz artificial de la ciudad, entre las sombras de la noche. Es
un mensaje desolador, nihilista y real. Morrison interpreta no a un personaje,
sino a una bestia antigua y solitaria, que en todos los hombres habita en los
rincones de locura, que acecha en la oscuridad del pensamiento de los más
iluminados.
Cierto es que la apreciación es
subjetiva, pero el valor de American
Pastoral va más allá de la interpretación. Se trata de una película independiente,
de las primeras de su género, incluso anterior a Easy Rider (Buscando mi Destino). También es experimental, marcada
por las nuevas corrientes del cine europeo, casi una película de autor (Morrison
era admirador de Godard, Antonioni, entre otros) y filmada durante la
decadencia de los grandes estudios de Hollywood.
Aunque fue exhibida en Cannes
(1969) pasó desapercibida, quizá por su apuesta demasiado arriesgada. Hoy solo
quedan tres copias oficiales de esta cinta, una en posesión de la familia de Pamela
Courson, novia de Jim, otra que pertenece a Paul Ferrara, y una última en manos
de Ray Manzarek, tecladista de The Doors. Manzarek la ha prestado para exhibición
en repetidas ocasiones, la última de ellas en 2001, en homenaje a los treinta
años de la muerte de Jim. En 2009 prestó la cinta al director Tom DiCillo para
la producción del documental sobre los Doors When You`re Strange. Actualmente es difícil conseguir un original,
sin embargo en internet circula una copia de escasa calidad, que no desmerece
la cinta y que por su rareza se ha convertido en un objeto de culto en el mundo
virtual. American Pastoral fue único
largometraje de Morrison en vida. Paul Ferrara se dedicaría a editar
documentales con material de archivo de los Doors, como Feast of Friends (1970), Dance
on Fire (1985) y The Soft Parade
(1991), no volvió a dirigir una ficción, pero tampoco se alejó del cine;
trabajó con Jim jarmuch en Down by Law
y con Henry Jaglom en Venice Venice,
en ambas como asistente de fotografía.
La película del mito
Veinte años después de la muerte
de Jim, Oliver Stone se encargó de revivir la leyenda de la banda en 1991. The Doors fue un ambicioso proyecto,
muy personal, que venía preparando con anterioridad. Val Kilmer ganó el papel
en 1986, cuando memorizó las letras de varias canciones de los Doors y las
interpretó en una audición que, por su calidad y similitud con la voz original,
dejaría impresionado al director. El hombre de Platoon (Pelotón) había encontrado al gemelo perdido de Morrison.
Sin Kilmer la cinta no hubiera sido lo que es, dado que el actor también
profesaba una gran admiración por el músico y poeta americano, al igual que
Stone. Ambos lograron más que una química, la mística que exigía un proyecto
sobre una banda rebelde y trasgresora.
Si bien el filme podría
entenderse casi como un documental acerca de la banda, es más bien una
biografía de Jim Morrison, donde su juventud y su muerte marcan el inicio y el
fin. La cinta aborda los momentos claves de la historia de The Doors, desde los
ensayos en la casa de playa alquilada por Manzarek, la composición de Light my
Fire (escena que según Robbie Krieger, guitarrista del grupo, es bastante fiel
al hecho), los primeros conciertos en el London Fog y el Whisky a Go Go, el
éxito comercial, los grandes conciertos y las tensiones generadas por la
conducta violenta y libertina de Morrison, que en aquellos tiempos de crisis se
definiría a sí mismo como –un ídolo de barro, una broma de los dioses-.
La cinta es un tour de force, que aborda los temas de
la psicodelia, la experimentación con las drogas como el peyote, los ácidos, la
cocaína y el alcohol; el desenfreno sexual, la rebeldía, el existencialismo, el
aislamiento y la autodestrucción. Es la fotografía de una época, de los excesos
de la banda y principalmente de su vocalista. Es imposible, sin embargo, no
percibir una cierta falta de profundidad en el papel de Morrison, de la que no
podemos culpar a Kilmer, pero que podría atribuirse a un guión que si bien es
bueno, pudo ser mejor. La dimensión de Morrison como un ser atormentado y poeta incomprendido queda eclipsada por su alterego “Jimbo”, impredecible y perturbado; la profundidad que podemos observar en su poesía se pierde
ante un guión algo pretencioso; que se justifica si entendemos la película no como
el retrato de Jim Morrison, el hombre, sino como la estrella de rock.
El mismo Ray Manzarek, quien
fuera convocado por Stone para participar en la película, se mostró inconforme
con el guión y declinó la invitación. Robbie Krieger y John Densmore
(baterista) aceptaron asistir al director como consejeros técnicos. Ambos, al
igual que Manzarek, renegarían más tarde de la fidelidad de la película. La
cinta no puede entenderse como una biografía real de The Doors, sino como una
ficción del mito. Que como pieza cinematográfica es bastante buena, de hecho
una de las mejores de Stone, y sin duda la mejor actuación de Val Kilmer (que
además interpretó todas las canciones), sin embargo para los entendidos de los
Doors, si bien conmueve y emociona, no hace justicia a la banda real, a su
significado y trascendencia.
La primera parte del film
logra introducirnos con claridad al
Morrison intelectual, lírico y salvaje, que busca explorar la espiritualidad
por medio de la introspección en sus viajes lisérgicos y las sesiones de
peyote. Sin embargo el tipo perspicaz, simpático y profundo se ve convertido
demasiado pronto en un sociópata desenfrenado, víctima de las drogas y el
alcohol; Jim Morrison, el artista, es reemplazado por Jimbo, el ebrio
peligroso. La desnaturalización del personaje se presenta demasiado pronto, de
manera brutal y exagerada. En una
entrevista Manzarek diría –Jim con una
botella todo el tiempo, eso es ridículo…no era sobre Jim Morrison, era sobre
Jimbo Morrison, el ebrio. ¿Dónde estaba el poeta sensible y gracioso?, el amigo
que conocí no era el que aparecía en la pantalla-. Krieger comentó que se
habían dejado muchas cosas fuera, pero que en resumen la película estaba bien
dirigida. Densmore, en su libro The Doors, señala que Stone le hizo mucho daño
a Morrison, el poeta, y que más de la tercera parte no correspondía con la
realidad. No obstante, pese a las imprecisiones históricas, se trata de una
buena película que, es cierto, no dejará una sonrisa en los fieles más devotos
de los Doors, pero que como pieza cinematográfica es admirable en casi toda su
extensión.
Fiel a la historia
El formato para hacer una
película sobre The Doors era el documental, Tom DiCillo, conocido por películas
cómo Living in Oblivion (1995) y Delirious (2006), presentó en el
festival de Sundance 2009, When You`re
Strange, en veinte años como director de ficción, su primer documental era
aclamado por la crítica. No es para menos, se trata de la película definitiva
de The Doors, que además reivindica y humaniza al Morrison del mito de Oliver
Stone. En la producción estuvieron involucrados los miembros vivos de la banda,
además de Paul Ferrara, quien cedió a DiCillo material de archivo de American Pastoral y del corto Dionysus, trabajo universitario que
filmó con Jim durante sus estudios en la Universidad de California.
La narración debía estar a la
altura. Jhonny Depp, que ha confesado pasión por los Doors, nos cuenta la
historia de la banda que ama; además de autenticidad, hay emoción y
sentimiento. El trabajo de edición, por otro lado, parece cortado por la pluma
de la poesía, la acertada selección de imágenes y su rítmica cadencia nos lleva
al pasado a través de los senderos de la música, y aquella realidad parece
convertirse en un recuerdo.
Desde el comienzo se percibe una
película de calidad, basta con ver la primera toma de aquel sujeto de cabello
largo y frondosa barba conduciendo un Mustang GT500 a través del desierto del
Mojave, para darse cuenta de que uno está por presenciar un filme de alto
calibre. La secuencia es del American
Pastoral, Morrison maneja un muscle car, cabello al viento, con una mano en
el volante y la otra en una lata de cerveza que raudo se termina; de pronto la
radio cromada de aquella hermosa máquina azul empieza a narrar el reporte original
de la muerte del piloto –Goodbye Jim,
we`ll miss you-, un collage de imágenes de los Doors, al compás de un
crescendo como el de A Day in the Life nos introduce de lleno en la cinta,
Jhonny Depp empieza a narrar el brillante guión.
Hijo de un comandante de marina,
a los dieciséis James Douglas Morrison ya había leído a Nietzsche, Baudelaire,
Rimbaud y Blake. La adolescencia es narrada con imágenes prestadas del archivo
familiar. Su obsesción por Elvis despierta el gusto por la música y ya empieza
a perfilarse como un artista transgresor, pero lo suyo es la poesía. When You`re Strange no solo es la vida
del cantante de los Doors, pretende abordar a la banda en su conjunto. DiCillo
hurga en la juventud de Ray Manzarek, un organista de cámara con preferencias
por el jazz y el rhythm and blues, que estudiaba cine en la misma clase que
Morrison. Juntos forman The Doors. Ray convence Robbie Krieger, que tocaba
flamenco, de unirse al proyecto y este a Jhon densmore, percusionista experto
en jazz contemporáneo. Era la fórmula del éxito, la técnica, el talento, el
contexto y un compositor de canciones que más que un chamán, era un poeta.
Material inédito de la banda
acompaña los triunfos y las crisis, el frenesí del sexo, las drogas y el
alcohol, pero más que eso el director profundiza no en el Morrison de los
excesos, sino en la psicología del escritor atormentado y desafiante, en el
lado oscuro de un intelectual que aborrece la fama, pero que se ve embriagado
por la exposición. Expone al artista enamorado de la soledad, que siente latir
las heridas del mundo y que vive la celebridad como un burdo teatro, como una broma
del destino que estoicamente ha de soportar. Morrison no se ve como un
cantante, describe su voz como -los
gritos de un enfermo-. Lo cierto es que pese al despliegue de energía y su
afilado carisma, siente el temor de cruzar la delgada línea entre la
autenticidad y el circo.
Vemos a un Morrison jovial, bailando
con niños, sonriendo a las chicas con inmoral inocencia. La leyenda del
autodestructivo dios del rock`n roll queda desmitificada por algo más noble: la
realidad del hombre sensible que ama demasiado un mundo que no se puede amar. -Peligroso
e inteligente, inocente y profano- ese es Jim Morrison con todos sus egos, como
el Rey Lagarto, Jimbo o Mr. Mojo Risin. When
You`re Strange tiene el halo que tienen las canciones de The Doors,
místicas, universales, inmorales, profundas y bellas. Son la armonía de un caos
nacido de un monstruo ancestral que consume conciencias y devora poderes, que
viaja entre las puertas de la percepción mordiéndose la cola, es el dios-reptil
de la conciencia creadora.
El concierto de Miami de 1969 fue
el principio del fin, los cargos por masturbación simulada, ebriedad pública,
blasfemia y exhibicionismo significaron para Morrison el último ataque del
sistema con el que tendría que lidiar. Si bien el problema judicial no fue
determinante para que Jim se distancie de los Doors, de algún modo fue razón
suficiente para decidir su alejamiento de la exposición mediática. En 1971
edita su antología poética American Prayer y ese mismo año aun con el juicio
pendiente, viaja con su novia Pamela Courson a Paris donde se dedica a dar
largos paseos, a la soledad y la poesía.
Esta parte final de la vida de
Morrison es un logro mayor del documental, un montaje sencillo pero de melancolía
apabullante nos lleva hacia el final –una noche después de haber bebido, Jim
dice que no se encuentra bien-se da un baño-. Después de llamar a Pam -¿Estás ahí todavía?-Muere en la bañera.
Dijo alguna vez –un amigo es alguien que
te da total libertad para ser tu mismo- al contrario del amor, la amistad
trasciende las fronteras de la muerte, la libertad se extiende más allá de
puertas infinitas. Cuarenta años después Jim Morrison fue encontrado inocente
de todos los cargos.
Oso de Oro en el Festival de Cine
de Berlín 2012, retorno triunfal de dos directores en más de veinte años, dos
hermanos que suman casi dos siglos, nóveles actores presidiarios, y por si
fuera poco, Shakespeare. Paolo y Vittorio Taviani (Allonsanfán, Padre Padrone,
Kaos), octogenarios veteranos de decenas de película del cine italiano, vuelven
para demostrar que la edad no es sinónimo de nostalgia, que se puede vivir casi
cien años y asumir compromiso con los problemas de su tiempo. Su última cinta
no es evocadora, es más bien, revocadora de latentes y durísimos prejuicios.
“La libertad desenfrenada se
castiga con la desventura” decía el bardo inglés en La comedia de las
equivocaciones, la razón exige coherencia y mesura, pero la libertad es una
fuerza exótica que la traspasa. Las víctimas tienen nombres, aunque sus celdas tengan
números y sus camisas también. El alcaide de la prisión de máxima seguridad de
Rebibbia en Roma, y el director de una compañía de teatro proponen a los presos
la representación de Julio César, ninguno ha actuado antes pero no faltan
voluntarios para la audición, el confinamiento es un escape silencioso que
espera la oportunidad de gritar.
Mafiosos, traficantes de drogas,
asesinos, la mayoría purgando largas o perpetuas condenas, son seleccionados
para interpretar la tragedia del general romano, pero son novatos solo en la
ficción, antes han sido los protagonistas del hecho real que recrea la cinta.
Difícil hacer más delgada la línea entre documental y ficción: los mismos
actores, haciendo lo mismo en el mismo lugar, y siendo a la vez diferentes,
asumiendo sus personajes, pero conscientes de que también ellos son actores en
la trágica comedia social. La claridad del arte es dolorosa donde alumbra a la
enajenación de la violencia.
La estética no escapa a la
seducción teatral de la obra de Shakespeare, la alternancia entre el blanco y
negro y los instantes de color funcionan como el telón que en un parpadeo
cambia la escenografía, el humor, los tiempos. No hay más que elementales y
escasas posesiones en la cárcel, la economía de recursos cinematográficos es
una lección de elegancia, sobriedad y coherencia con la representación. Como lo
hiciera Bergman, los Taviani analizan la diferencia entre el arte del cine y el
teatro, borrando sus fronteras al punto en que resulta complicado decir cuando
los actores están declamando sus papeles o el guion. No hay otro escenario para
la ficción que la misma realidad.
Los ensayos son la trama misma de
la obra, que sin avisar se va desarrollando con una intensidad que excede los
límites de la prisión. No hay actores profesionales, todos son los mismos reos
que participaron de la exitosa puesta en escena que sustenta la película. Sobre
ellos no hay nada que se ponga en evidencia más que sus crímenes, es a través
de los personajes que encarnan que son expuestas sus tribulaciones. Finalmente,
es una doble representación donde César, Bruto, Casio y los demás son también
prisioneros de Roma, del honor, la libertad y sus ambiciones personales; el
mismo dolor y compromiso que asumen los actores; y de pronto los muertos están
vivos y los prisioneros libres en una mágica extrapolación del teatro
shakespeariano.
La fuerza emocional del filme
solo es comparable a su inteligencia, y es que la tragedia de Julio César tiene
como eje los mismos problemas políticos, psicológicos y morales de la
civilización desde aquellas 23 puñaladas del 44 a.C. la lucha por la libertad
opuesta a los medios para conseguirla, defenderla o restringirla, y sobre quien
tiene el poder de dispensarla. En este sentido la película es actual,
provocadora y artísticamente virtuosa, no solo al atacar las evidentes fallas
del sistema penitenciario que deshumaniza en vez de rehabilitar, sino en su
crítica sobre los límites del poder, el honor y el sacrificio. Más importante
aún, de la reivindicación de la libertad inherente al ser humano y del arte
como revelación de esa verdad. En palabras de Cosimo Rega, convicto que
interpreta a Casio “Desde que he conocido el arte mi celda se ha convertido en
una prisión”.
De aquí nace una interesante
objeción moral: el contacto con el arte a través de la obra ha despertado en
los reclusos consciencia de una prisión superior a las paredes de su celda
material. Sin embargo, no solo hay dolor en la frase de Rega, hay una
comprensión implícita de la libertad y una evidente rehabilitación que pone en
jaque la cadena perpetua que purga. César debe morir para que otros puedan ser
libres y su sacrificio involuntario encierra la paradoja sobre quien está por
encima de libertad para dispensarla o protegerla. Queda expuesta la gran
contradicción del Estado, pero lejos de las afiladas disquisiciones políticas y
morales, está la verdadera libertad que triunfa cuando el hombre rompe sus
propias cadenas.