“Mi ambición era escribir una obra ‘lúbrica y pura’, un libro inmaculado lleno de imágenes de un mundo más deseable que el nuestro, un libro que se aferrase a uno y que ya no se dejase apartar”. De esta forma James Salter concibe la literatura, la frase (lector universal) la toma de Federico García Lorca. Sobre la guerra (porque fue piloto de caza) refiere a la muerte del granadino y dice “Él no pudo exclamar: ¡Soy poeta! Lo suben a un camión y él va (...), en la guerra nada dura y los poetas caen junto a los labriegos, un festín de moscas en sus caras”.
James Horowitz, se cambió oficialmente el nombre a J. Salter. Trabó amistad
con Polanski, Fellini, Redford; vio a Kerouac jugar al fútbol y fue amante de
la amante de John Huston, de quien se decía recibía jovencitas en el Grand
Hotel de Roma a la última hora de la tarde. Así lo prefería.
Es imprescindible por lo citado y porque detrás de ese extracto hay un
cuerpo de obra colmado de iluminaciones. Quemar
los días es el libro de memorias de Salter, una novela, si en sus páginas
reemplazara su nombre por un personaje. La vida de un escritor puede
equipararse a su gran obra: escriben, se escriben. La segunda edición (2013) es la primera disponible
en el Perú, publicada en 1997 se tradujo al castellano doce años después.
La explicación es la misma de porqué se le menciona en voz baja cuando se
habla de los mejores escritores norteamericanos. Hay algo en él de lateral,
libertad objetiva sin reparos, de incómoda honestidad. Sus temas son lo que el
dolor es a la vida: síntoma de la verdad. Juego
y distracción, Años luz, La última noche, entre otras. Su especialidad es
la demolición para dar con la belleza de lo irreparable, y sobre ella
levantarse, uno mismo, sus lectores.
Es el escritor de la postguerra, del momento pródigo de la reconstrucción,
de una generación legendaria en éxito y tragedia. Entre esos contrapuestos es que renuncia a su carrera militar por la literatura. Su
compañero en West Point, Buzz Aldrin, pisaba la luna, y él, rendido bajo una
exótica italiana galopante, era la desolación. Habría de entrar a la historia
como un avión que la viese desde arriba lanzando personajes en paracaídas,
diciendo – acéptame, eres tú-.
Pilotos escritores, extraño fenómeno al que Saint-Exupéry no sobrevivió. En ellos puede intuirse la sabiduría del
observador supremo que se sabe insignificante y se reconoce en la tierra que
atraviesa, en forma de cabra, monte o río. La experiencia singular de artistas
parientes de los pájaros, privilegio del lector.
Hay agudeza y poesía en sus observaciones y retratos, desde Nabokov, Irwin
Shaw, D.W. Griffith, hasta Mankiewicz y
Nureyev. Durante años trabajó en el cine como guionista y director. Su pluma también
bebe de las cámaras y los azares de la producción; para la literatura también
hay momentos y circunstancias propicias. La voluntad, aunque esencial, no es
suficiente. En sus memorias, son las ciudades, las mujeres y la literatura, los
ejes de reflexiones sobre como aprender a vivir y escribir enfrentados al
deseo, la futilidad, el tiempo y las oportunidades perdidas.
Su última novela después de 35 años, Todo
lo que hay, vio la luz en 2013 y aunque editorial Salamandra no ha perdido
tiempo en traducirla, aún no se encuentra en librerías locales. “Un escritor no
puede formarse idea de la dimensión de su escritura. No puede verse
íntegramente. Es sólo una especie de humo capturado y estampado en una página”, eso es Quemar los días, ese humo
capturado.
Publicado en Buensalvaje
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